Imagine que un detective encuentra una gota de sangre en la escena de un crimen en 1980. El asesino nunca fue acusado, por lo que su perfil de ADN no coincide con ningún otro en las bases de datos de la policía. Durante décadas, el caso ha ido acumulando polvo en el sótano. El culpable sigue prófugo, convencido de que se salió con la suya.
Sin embargo, años después, la policía recibe un aviso inesperado. No proviene de un testigo presencial, sino del árbol genealógico de un hombre corriente que vivía a miles de kilómetros de distancia y que decidió enviar una muestra de saliva a una empresa privada para averiguar si tenía antepasados vikingos o descubrir a un pariente lejano. Este no es un guión de serie de televisión: es un ejemplo de cómo funciona la genealogía genética forense (GGF), una disciplina que está revolucionando la investigación criminal.
Pero, ¿cómo funciona exactamente este “milagro” científico capaz de reabrir casos que parecían enterrados para siempre?
Del “código de barras” al mapa de carreteras
La policía lleva décadas utilizando el ADN para resolver casos, pero de forma limitada. El sistema tradicional (conocido como CODIS) funciona como un “código de barras”. Analiza regiones muy específicas de ADN (llamadas STR) para ver si una muestra encontrada en la escena de un crimen coincide al 100% con un sospechoso ya fichado. Es la misma técnica que se utiliza en los casos de identificación de víctimas, es decir, personas desaparecidas.
Se trata de marcadores genéticos ideales para este fin porque están distribuidos por todo el genoma, son muy pequeños -lo que garantiza una mayor probabilidad de éxito si la muestra se degrada, algo habitual en contextos forenses- y varían significativamente entre individuos, lo que les permite ser muy específicos de cada persona.
Sin embargo, cuando el “código de barras” del criminal no se encuentra en la base de datos de la policía, o cuando la víctima es un soldado de la Primera Guerra Mundial cuyos parientes cercanos ya no están vivos y comparten cierto grado de ese material genético, nos enfrentamos a un problema importante al realizar la identificación.
La genealogía genética forense cambia las reglas del juego porque utiliza un análisis mucho más profundo basado en los llamados polimorfismos de un solo nucleótido (SNP). En lugar de un simple código de barras, los científicos están extrayendo una “hoja de ruta” completa del genoma. No se trata de buscar una coincidencia exacta, se trata de rastrear una herencia compartida con parientes muy lejanos (como primos terceros o cuartos) a lo largo de todo nuestro árbol genealógico.
Aquí es donde entran en juego otro tipo de bases de datos, que no son bases de datos policiales, sino plataformas abiertas como GEDmatch o FamilyTreeDNA. En ellos, millones de personas normales suben voluntariamente sus datos genéticos con fines recreativos, como rastrear su ascendencia o parientes lejanos. De esta forma, sin saberlo, crean una gigantesca red de vínculos familiares.
Rastreando el árbol genealógico
Cuando los investigadores introducen el perfil SNP de una muestra no identificada en estas plataformas cívicas, la ciencia no busca un culpable directo, sino sus familiares. Nuestro artículo, publicado en la revista VIREs, aborda esta metodología de investigación.
Tomemos un ejemplo real y famoso: el caso de Michelle Martinko, la estudiante universitaria asesinada en Iowa en 1979. Casi cuarenta años después, los genetistas introdujeron el ADN del asesino en una base de datos genealógica. El sistema no encontró al autor del crimen, pero sí a una mujer que compartía con la muestra suficiente material genético como para ser su prima hermana.
A partir de este hilo conductor único, el trabajo de los genetistas y genealogistas se convierte en un trabajo puramente detectivesco:
Dibujan el árbol en orden inverso: retroceden en el tiempo (usando registros de nacimiento, censo y matrimonio) hasta que encuentran a los ancestros comunes de esa familia.
Filtran las ramas: investigan la descendencia directa de esos antepasados en el presente.
Cruzan datos lógicos: buscan qué miembros varones de esa familia tenían la edad adecuada y estaban en el lugar adecuado cuando ocurrió el crimen.
En el caso de Michelle Martinko, este seguimiento redujo el misterio a sólo tres hermanos. Para el paso final, la policía sólo tuvo que vigilar discretamente a uno de ellos (Jerry Burns), recoger la pajita que dejó caer en el restaurante y comprobar en un laboratorio tradicional si su ADN coincidía con el de la escena del crimen. Después de 39 años, el caso terminó con un veredicto de culpabilidad.
Esta misma técnica también condujo a la captura del Golden State Killer en 2018, que violó a 50 mujeres y mató al menos a 12 personas en las décadas de 1970 y 1980. Desde entonces, también se ha utilizado con fines humanitarios para identificar restos óseos degradados de soldados o personas desaparecidas.
Justicia versus derecho a la privacidad
Sin embargo, la velocidad de la ciencia a menudo entra en conflicto con las leyes. Mientras que en Estados Unidos y algunos países europeos, como Suecia, el uso de estas bases de datos civiles está permitido bajo criterios estrictos, en otros no es así. En España, por ejemplo, la legislación actual es más respetuosa con la privacidad y no permite cruzar datos policiales con plataformas genéticas comerciales.
En casos emblemáticos españoles como el de Eva Blanco, asesinada en 1997, la policía tuvo que recurrir a estrategias alternativas, como el análisis del ADN mitocondrial (línea materna) para revelar el origen geográfico del sospechoso y realizar cribados locales.
¿Por qué estas restricciones? Porque aunque la genealogía genética forense puede no sólo ser una herramienta maravillosa para el campo forense: también revela información privada sobre las personas y sus familiares. Entonces, ¿debería primar el derecho a la privacidad o el deber de responder a una familia que lleva décadas esperando justicia? Ése es el dilema.
En la elaboración de este artículo colaboró María Samino Gómez, licenciada en criminología por la Universidad Complutense de Madrid.
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