Del oro romano a los recursos críticos: la nueva fiebre del metal

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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La Historia Natural de Plinio el Viejo es para muchos la primera enciclopedia de la historia y una obra de referencia sobre “la naturaleza de todas las cosas”, como él mismo dijo, al menos hasta el Renacimiento, aunque el texto debe más a la tradición literaria que a la observación y la investigación.

Los años no pasan en balde para textos como éste. Plinio no es uno de los clásicos más leídos, pero de los 37 libros que componen esta enorme obra, con más de 20.000 referencias y más de 400 autores citados, hay uno que parece haber vuelto a cobrar relevancia en los últimos años. Es el libro XXIII, dedicado en gran parte al oro y la plata. En él, el autor otorga un valor especial al oro como símbolo de codicia y poder, y que, en nuestro tiempo, vuelve a ser el centro de la geopolítica.

Una partícula de oro procedente de los materiales sedimentarios de la mina de oro romana de Las Médulas. Javier Fernández Lozano

El predominio del orbis terrarum (“la totalidad del mundo conocido”) es una constante en la retórica romana: asumía la capacidad del imperio para “alcanzar los límites del mundo”. Para Plinio, el deseo romano de obtener el metal precioso les llevó a “descender a las entrañas de la tierra”. El escritor, que en sus textos se preguntaba hasta dónde llegaría la codicia humana, interpretó la expansión de la minería como consecuencia de la codicia y la búsqueda de riquezas.

El poeta Virgilio escribió que el hambre de oro (auri sacra famas) convertía este metal en un motor político y moralmente corrosivo. En su momento, el valor de este metal precioso se debía a su alta resistencia al fuego y a la corrosión, y a su capacidad para mantener el peso y la calidad, lo que lo hacía muy apreciado para la acuñación.

La mina de oro Las Médulas de Roma, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997. Un regreso a la geopolítica de los recursos coloniales

Para los romanos la obtención de oro también era un incentivo para conquistar territorios. Fue en el noroeste de España: sólo en la Asturias romana, Galicia y Lusitania se producían anualmente 20.000 libras de oro, aproximadamente 6,5 toneladas métricas. También se obtuvo en otras regiones, como en la provincia romana de la Dacia de Trajano (la actual Rumanía), convirtiéndose en un metal estratégico para el Imperio.

Dos mil años después, el oro ha conservado su papel de “refugio seguro”. No porque su precio se mantenga estable (en condiciones extremas de mercado, de hecho, sigue siendo el más estable), sino porque es líquido (es decir, puede convertirse fácil y rápidamente en efectivo) y no depende de la solvencia de un emisor en particular. Esta condición asegura la paz en los mercados mundiales, lo que aumenta la demanda en tiempos de inestabilidad política y económica.

Sin embargo, los recientes conflictos armados, como la invasión rusa de Ucrania, el conflicto de Oriente Medio y la crisis energética global, han llevado a los bancos centrales de grandes potencias, como Estados Unidos o China, a intensificar la compra de oro como estrategia ante las grandes fluctuaciones de la economía y la inestabilidad geopolítica. Esta es una forma de liberar fondos e intensificar la búsqueda de diversificación, liquidez y protección frente a riesgos financieros y tensiones geopolíticas.

Esta situación provocó un gran aumento del precio de este metal, que superó los 4.500 dólares la onza en el primer trimestre de 2026. Un aumento vertiginoso, similar al experimentado en enero de 1980 a raíz de la segunda crisis del petróleo y la revolución iraní, y que supuso un aumento nominal anual del precio cercano al 140% durante ese periodo de precios del petróleo (rover).

Pero, a diferencia de entonces, ahora el aumento del oro ha generado una demanda a corto plazo entre los pequeños ahorradores, que quieren aprovechar el crecimiento. Esta estrategia podría amenazar el estatus de “refugio seguro” del metal, ya que las rápidas compras y ventas aumentan la volatilidad y lo convierten en un activo sujeto a movimientos especulativos.

Y la lira también: la minería de oro es una de las industrias más destructivas e innecesarias del mundo: cómo acabar con ella

Hoy, el oro es sólo la punta del iceberg. Reduciendo la brecha con Roma, las grandes potencias ahora basan su poder en el acceso a materias primas que contribuyen al crecimiento y desarrollo de los estados.

En la geopolítica actual, el acceso a metales estratégicos es decisivo para la industria, la defensa, la transición energética y las tecnologías avanzadas. Sin ellos, las economías del planeta tendrían enormes dificultades para mantener sectores clave.

Tierras raras, cobre, níquel, tungsteno, litio, cobalto y boro son algunas de las materias primas necesarias para la producción de teléfonos móviles, vehículos eléctricos o turbinas eólicas, para las que la industria carece actualmente de sustitutos eficaces a gran escala. Muchos de estos recursos también están ubicados en zonas muy concretas del planeta y están controlados por unos pocos países. Por tanto, el cuello de botella no está sólo en el proceso de extracción, sino también en el procesamiento de estas materias primas.

Peña del Seo y el pueblo minero de La Piela (Cadafresnas, Bierzo), uno de los principales yacimientos de wolframio del noroeste de la Península Ibérica.

Peña del Seo y el pueblo minero de La Piela (Cadafresnas, Bierzo), uno de los principales yacimientos de wolframio del noroeste de la Península Ibérica. Javier Fernández Lozano

Esta realidad ha fomentado nuevas formas de competencia geopolítica por el control de los recursos, que recuerdan a la lógica colonial o neocolonial. Una amenaza muy tangible que nos devolvió aquella visión de Plinio de la condición humana: “¿Hasta dónde penetrará la codicia de los seres humanos?”


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