Hijos de la guerra: la historia desconocida del exilio literario republicano

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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En el escenario del teatro, un policía golpea a un estudiante. Lo mataron a golpes hasta finalmente arrojarlo por la ventana. Un personaje lee cómo las autoridades luego dirán que fue un accidente, que el joven saltó por voluntad propia.

Aunque la narración parece evocar el asesinato por parte de la brigada político-social franquista del estudiante de Derecho Enrique Ruán, en realidad se trata de una escena ficticia de la obra Esta noche juntos, tanto nos queremos, de Marusa Villalta. En esta obra de 1970, la autora aprovecha para condenar la represión estudiantil, un tema que ha provocado tanto al país en el que vivió, México, como a su nación de origen, España, y que tuvo lugar en un contexto global marcado por el Mayo del 68 francés y la masacre de Tlatelolco.

Villalta, como muchos otros compañeros de su generación, escribió sobre España sin especificar que hablaba de ella.

Segunda generación

Han pasado 90 años desde el golpe que inició la Guerra Civil Española. El aniversario nos invita a recordar una de las consecuencias más dramáticas de la guerra: el inicio del éxodo de medio millón de ciudadanos, muchos de los cuales permanecieron en el país anfitrión para siempre. Las campañas de purificación política y represión contra los opositores se extendieron más allá de aquellos claramente involucrados en el conflicto. Todos los miembros de una misma familia acabaron pagando un precio muy alto, aunque sólo uno fuera políticamente activo.

Ante la amenaza, muchas personas optaron por huir para salvar sus vidas, preservar su libertad y evitar el ostracismo. La salida de España se produjo primero por tierra, hacia Francia, y posteriormente a través de los llamados “barcos del exilio”, como el Ipanema o el Sinaia, con destino al continente americano y, muy frecuentemente, a México.

Imagen de la cubierta del barco ‘Sinaia’ repleta de exiliados republicanos españoles a su llegada a México en 1939. Wikimedia Commons, CC BI

En esos barcos convivieron dos generaciones. Por un lado, viajaron personas reconocidas en su ámbito profesional y con una profunda vinculación identitaria con España. Entre ellos se encuentran nombres como los de Juan Ramón Jiménez, María Teresa León, Luis Cernuda, María Zambrano y Max Aube, que siguieron ocupando puestos relevantes en el ámbito cultural a ambos lados del Atlántico. Pero los niños también viajaron, demasiado pequeños para conservar un recuerdo claro de la tierra que dejaban atrás.

Pese a ello, el exilio los siguió a lo largo de su vida: en rituales de memoria familiar, en diferentes espacios de socialización, en historias compartidas, pero también como condición que definiría su identidad a medio camino entre dos mundos. En ellos nació la inevitable idealización del pasado y de la patria, que sólo pudieron reconstruir a partir de la imaginación y los recuerdos tomados de sus mayores.

Además, entre ellos persistía un cierto deber ético de condenar lo que seguía sucediendo en la España de Franco, aunque no siempre con referencias explícitas.

No es de la nada en absoluto

Sin embargo, en España había poco interés por el estudio de estos niños de la guerra y hoy en día son prácticamente desconocidos en el país de sus padres. Incluso los estudios culturales de la memoria han ignorado a quienes luego se dedicaron a profesiones creativas, especialmente la literatura.

Este olvido se explica en parte por las dudas sobre hasta qué punto el exilio influyó realmente en sus expresiones artísticas, dado que se produjo en una etapa tan temprana de su vida. Porque… ¿es posible construir una memoria sin la propia, es decir, reconstruir y apropiarse de un trauma que se hereda o se transmite?

Basta mirar a los hijos de la guerra para abrir una discusión más amplia: cómo la huella del trauma histórico puede atravesar generaciones, persistir en el tiempo e incluso volverse más intensa entre quienes sufren un doble desarraigo y no pueden sentirse plenamente parte de ningún lugar porque son una mezcla de todos ellos.

En este sentido, la segunda generación es, como escribió el ensayista José Ramón Mara-López en 1965, “el grupo más exiliado de todos, no encontrado en ninguna parte, ni siquiera en el ámbito de la memoria”. Y por varias razones.

Por un lado, estos hijos de la guerra desarrollaron una doble identidad que creó un no-lugar. Su entorno cultural y familiar contrastaba con los entornos en los que crecieron e interactuaron fuera del hogar.

Es más, muchos de los que luego se dedicaron a escribir dirigieron sus obras a lectores no españoles. Sin embargo, al mismo tiempo, se sintieron atraídos por la búsqueda de sus raíces, de la tierra que les decían que era suya. Debían encontrar una forma de expresión que evocara su entorno inmediato y al mismo tiempo articulara la memoria de una España que para ellos era más imaginada que real.

Foto de varios hombres y mujeres en una habitación con un gran cuadro en la pared.

Algunos integrantes de la segunda generación del exilio en un homenaje organizado por el Ateneo Español de México en 1994. Archivo Histórico del Ateneo Español de México, CC BI-SA

Esta condición límite a menudo condujo a lo que podríamos llamar memoria multidireccional. En las obras de muchos escritores de esta generación, como Maruca Villalta, Angelina Muñiz-Huberman, Ramón Xirau o Teresa Gracia, se percibe un lenguaje universal que les permite abordar cuestiones relacionadas con el compromiso ético surgido de la experiencia del exilio (como las guerras o las dictaduras políticas).

Lo hacen, sin embargo, sin localismos ni referencias históricas que requieran un conocimiento detallado del acontecer español. También es común que revivan episodios de su propia época para desencadenar recuerdos de otras épocas y otros conflictos. En definitiva, crean memoria a partir de la abstracción o actualización de símbolos, no tanto a partir de la referencia expresa.

Angelina Muñiz-Huberman lo resume claramente en estos versos de “El Éxodo”, del poemario Vilano al viento. Poemas de amor y destierro, que se publicó en 1982, justo cuando finalizaba la transición en España:

“Y cuando quisimos,

al menos,

tener un recuerdo

solo recordamos

que no trajimos

ni un solo recuerdo”.

Recupera tus voces

Estas estrategias artísticas dificultaron que la segunda generación encontrara su lugar en los cánones literarios. Pese al esfuerzo de algunos investigadores, en España la historiografía hegemónica se ha mostrado poco proclive a incorporar estas voces. No los consideró propiamente españoles por razones biológicas (se marcharon siendo niños o incluso nacieron en el exilio), y además, en muchos de sus textos es difícil encontrar una referencia explícita a la patria perdida.

Pero los sistemas literarios de los países anfitriones tampoco los integraron fácilmente. Sus preocupaciones éticas, heredadas del proyecto político de sus mayores, contribuyen a que su compleja identidad nacional los expulse, una vez más, del canon. Esta frase de uno de ellos, el escritor Luis Rius, resume bien su postura:

“Era demasiado temprano para nosotros, cuando llegamos a México, para ser, como nuestros padres, españoles; y demasiado tarde para ser mexicanos”.

Por ello, 90 años después del inicio del exilio, España tiene una deuda pendiente con los hijos de la guerra. Reconocimiento significa aceptar que no siempre es necesario tener un recuerdo explícito para poder realizar un ejercicio de memoria del trauma. La forma en que estos creadores expresaron su condición de exiliados se basa necesariamente en la superación de una identidad única y en la consolidación de memorias que dialogan con otras heridas, otros tiempos y otros lenguajes.

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