¿Puede el Mundial cambiar la reputación internacional de un país? En diciembre de 2022, gran parte del mundo celebraba que la selección argentina ganara el Mundial. Durante y después de la Copa Mundial Masculina de la FIFA 2026, las redes sociales vieron una intensa circulación de videos y publicaciones que presentaban al equipo como un equipo favorecido por la FIFA, utilizado por los árbitros e incluso como símbolo de un país supuestamente racista. Las teorías de la conspiración no han cesado.
La polémica traspasó el ámbito deportivo e incluso alcanzó a celebridades internacionales. El actor Samuel L. Jackson compartió una publicación en Instagram llamando a Argentina “el país más racista del mundo”. El cantante Niall Horan fue criticado tras interactuar con contenidos que se burlaban del desempeño de la selección argentina y del conflicto por la soberanía de las Islas Malvinas. La discusión llegó al ámbito político. La congresista estadounidense Jasmine Crockett vinculó el rechazo internacional de Argentina durante el Mundial con la supuesta historia racista del país.
Entre decisiones arbitrales, controversias deportivas, contenidos manipulados e imágenes generadas por IA, el debate ha ido rápidamente más allá del terreno de juego. La pregunta fundamental es cómo se construyen, refuerzan y transforman las narrativas internacionales sobre un país en la era de TikTok, X, Instagram y la inteligencia artificial. El Mundial ya no se disputa sólo en el campo; También influye en los algoritmos que determinan qué historias se vuelven virales y cuáles, en última instancia, dan forma a la reputación global de una nación.
Deporte y reputación nacional.
Además de la competición, los megaeventos deportivos funcionan como una herramienta de reputación nacional frente a una audiencia mundial. Durante el Mundial, cientos de millones de personas siguen los mismos partidos, comentan las mismas jugadas y participan en las mismas polémicas.
El teórico Simon Anholt popularizó el concepto de marca nación, entendido como el proceso mediante el cual los países construyen y gestionan su imagen y reputación internacional. El geopolítico estadounidense Joseph Nye desarrolló la idea de poder blando, entendido como la capacidad de un país para influir a través de la cultura, el deporte o el prestigio simbólico. Estos conceptos ayudan a explicar cómo el éxito deportivo puede hacer o deshacer el prestigio internacional de un país.
La Copa del Mundo es, en ese sentido, una exhibición global. El Estado gana o pierde partidos, pero al mismo tiempo proyecta imágenes, valores, estereotipos y emociones, es decir, proyecta reputación. Esta proyección ya no depende sólo de los medios tradicionales.
Hoy, la disputa se desarrolla en plataformas regidas por algoritmos. No crean estas narrativas, pero determinan cuáles logran mayor visibilidad. Al priorizar contenidos que generan interacción, pueden reforzar tanto la información rigurosa como las interpretaciones simplistas o falsas.
¿Por qué las mentiras viajan más rápido?
Cuando el objetivo es crear interacción, tenemos que preguntarnos qué mensajes nos llaman la atención. Un estudio publicado en la revista Science analizó 126.000 historias compartidas por tres millones de usuarios de X durante 11 años. En conclusión, la información falsa se difunde más, más rápido y a un público más amplio que la información verdadera.
La explicación es más psicológica que tecnológica. El contenido que evoca sorpresa, ira o conflicto capta la atención de las personas mejor que la información matizada. Por ejemplo, un vídeo titulado “La FIFA le dio a Messi la Copa del Mundo” tiene más probabilidades de generar clics y comentarios que un análisis detallado de la decisión del árbitro.
Las narrativas digitales, por tanto, se construyen combinando y difundiendo repetidamente datos reales, interpretaciones, exageraciones y desinformación, mezcla que les da la apariencia de verdad y las hace más difíciles de cuestionar.
El problema se agrava cuando el algoritmo reemplaza el contexto. Incluso un megaevento tan documentado como la Copa del Mundo puede reinterpretarse en cuestión de segundos a partir de vídeos descontextualizados distribuidos masivamente. Si esto sucede en un evento seguido por millones de personas, es aún más fácil en áreas donde la mayoría no puede verificar la información por sí misma, como la política internacional, las guerras o la economía.
El sociólogo Manuel Castells cree que en una sociedad en red el poder depende en gran medida de la capacidad de construir significados compartidos. En este contexto, las plataformas digitales, además de la distribución de información, contribuyen a determinar qué interpretaciones alcanzan una mayor difusión.
Argentina como laboratorio digital
El caso argentino ilustra cómo se construyen las narrativas de odio en las redes sociales. La imagen se difunde gracias a la participación de personalidades influyentes o famosas, pero también a través de miles de usuarios que reproducen y reinterpretan este contenido.
Esta dinámica se da también en un contexto marcado por ciertos discursos agresivos y, en ocasiones, racistas o sexistas. Estos discursos están presentes en buena parte del periodismo deportivo y del entorno futbolístico, y cuando se viralizan pueden contribuir a construir una imagen negativa del país. Esto crea una sensación de consenso en torno a ideas simplistas, distorsionadas o completamente falsas.
Algunas críticas a la selección argentina se basaron en hechos reales, como los cánticos ofensivos dirigidos a los jugadores franceses durante las celebraciones de 2022, o la reacción violenta de algunos jugadores argentinos hacia jugadores de la selección española tras la final del Mundial masculino de 2026.
Otras eran interpretaciones discutibles o simplistas. Por ejemplo, utilizar la composición étnica del equipo para argumentar que la sociedad argentina es racista. Y otros eran rotundamente falsos y estaban relacionados con declaraciones fabricadas, titulares inexistentes o vídeos manipulados por inteligencia artificial. La verdad de los hechos no importa. El objetivo es articular una historia creíble y ofrecer explicaciones simples para fenómenos complejos.
Por tanto, el debate sobre el racismo en Argentina no puede reducirse al equipo de fútbol. Se trata de un fenómeno histórico y estructural que no puede explicarse únicamente a partir de insultos o episodios aislados. Esto nos permite evitar dos simplificaciones opuestas: negar la existencia de racismo en Argentina o concluir, a partir de algunos episodios virales, que el país es extremadamente racista.
detrás de la bandera
La tentación ante una campaña viral es responder con nacionalismo automático: “nos atacan porque ganamos”. Lo contrario es la aceptación de cualquier narrativa internacional sin matices porque se ha convertido en tendencia. Ninguno de ellos ayuda a comprender el fenómeno.
Argentina, como cualquier país, debe ser criticada cuando corresponde y sus problemas sociales deben ser analizados con rigor. Pero también hay que entender cómo una mezcla de hechos reales, exageraciones, prejuicios y mentiras puede acabar construyendo la imagen de todo un país. Las realidades complejas no pueden reducirse a simples historias amplificadas por la velocidad de las redes.
Un partido de fútbol dura noventa minutos. Las narrativas digitales pueden durar años o ser eternas. Hoy en día, la reputación internacional de un país ya no depende sólo de lo que sucede sobre el terreno, sino también de las historias que los algoritmos deciden amplificar.
Este artículo fue publicado originalmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.
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