Elección: La corrupción ya es más viral que La Casita de Bad Bunny

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Es interesante darse cuenta de cómo, aunque pasan y pasan los años, hay cosas que quedan como si los días no las hubieran afectado. Corría enero de 2020 cuando decidimos titular un artículo de la sección de política de The Conversation de la siguiente manera: “‘Lobbies’, buen gobierno y buena administración: el desafío a nuestra democracia. Por Julio Ponce Sole, catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de Barcelona”.

Pues han pasado seis años y perfectamente podríamos retitular el artículo con las mismas palabras y en ese orden. Muchas cosas han quedado como estaban entonces.

Como si no hubiera pasado el tiempo o, peor aún, como si no hubiéramos aprendido de nuestros errores y siguiéramos dando vueltas una y otra vez sobre las mismas tentaciones que suavizan la piel de la política.

¿Y si los ciudadanos no confiáramos en todo? Desde 1996, el barómetro del CIS nos recuerda “erre kue erre”: los españoles no confiamos en la política y las instituciones. Eso ya lo dijo la filósofa Victoria Kemps -una de las grandes defensoras de la ética como guía de la vida democrática- en la entrevista que le hicimos: “Tenemos poca fe en las instituciones porque no cumplen con las expectativas que les fijamos”.

¿Qué está pasando en España últimamente, que los casos de corrupción son (casi) más noticia que la Casita de Bad Bunny? Que si Koldo, que si Santos Cerdán, Ábalos, Leire Diez, Gurtel, Cocina, Montoro…

Cuando el caso Zapatero explotó en manos de los medios hace unas semanas, rápidamente empezamos a buscar un experto que nos lo desglosara y explicara de qué se trataba. Juan José Rastrolo Suárez, catedrático de derecho administrativo de la Universidad de Salamanca, nos dio muchas respuestas en su artículo. Surgieron preguntas: ¿qué es exactamente un lobby (y por qué no es necesariamente algo negativo)? ¿Por qué España todavía no regula adecuadamente la influencia política? ¿Y las dudas se eliminarían mediante leyes claras? Si te lo perdiste, no lo hagas hoy.

Porque sí, España carece de un marco claro y homogéneo sobre lobby, transparencia e influencia institucional. Y otra cosa que falta es paciencia. Por ejemplo, el ex presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero aún no ha sido juzgado. No queda más que esperar, porque no es lo mismo ser culpable que ser considerado culpable.

Quizás por eso el problema no sea sólo la corrupción, sino la normalización de la sospecha. Según explica Consuelo Martínez-Priego, profesora y codirectora del Centro para el Carácter y el Crecimiento Humano de la Universidad de Villanueva, cuando los ciudadanos comprenden que las normas no aplican para todos por igual, la desconfianza deja de ser una reacción puntual y se convierte en una actitud permanente. Y una democracia en la que los ciudadanos desconfían sistemáticamente de quienes los representan es una democracia que funciona peor.

La paradoja es que sabemos muy bien lo que hay que hacer. El profesor Alejandro Hortal Sánchez recordó que las estrategias basadas únicamente en el castigo son insuficientes. La evidencia internacional muestra que la corrupción también se combate a través de la prevención, la transparencia, controles efectivos y una cultura institucional que dificulta la conducta inapropiada antes de que ocurra.

Sin embargo, todavía estamos inmersos en un peculiar ritual nacional. Nos escandalizamos cuando aparece un nuevo caso, exigimos reformas inmediatas, prometemos una regeneración democrática y al cabo de un tiempo volvemos exactamente al mismo punto de partida. Algo así como ese objetivo de apuntarse al gimnasio cada enero: la intención es sincera, pero la constancia suele ser esquiva.

Fernando Jiménez Sánchez, catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad de Murcia, también recordó que las democracias con mayor nivel de confianza institucional no son necesariamente aquellas en las que hay menos investigación o control, sino aquellas en las que la rendición de cuentas política forma parte de la cultura democrática. Allí, la renuncia en una situación comprometida no siempre se interpreta como una admisión de culpa, sino como una forma de proteger la credibilidad de la institución.

Quizás ese sea el problema de fondo. No si dentro de unos meses habrá otro escándalo -porque probablemente lo habrá-, sino si seguimos reaccionando de la misma manera.

Seis años después de ese artículo sobre lobby, buen gobierno y buena administración, las cuestiones siguen prácticamente las mismas. La preocupación no es que todavía no tengamos todas las respuestas. Es preocupante que sigamos discutiendo los mismos problemas como si acabáramos de descubrirlos.


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