¿Estamos abusando de la melatonina? ¿Qué dice la ciencia?

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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VIDRIO/Persiana

Hace unos años, la melatonina era un recurso de “viaje”, algo que se utilizaba para sobrevivir al desfase horario después de un largo vuelo. Hoy en día, ha pasado a formar parte de la rutina de muchos hogares: los adultos que lo toman para dormir mejor y, cada vez más, los niños a los que se lo dan para ayudarles a conciliar el sueño.

Cuando la ayuda ocasional se convierte en un hábito diario, surge una pregunta desagradable: ¿la estamos usando sabiamente o estamos abusando de ella?

La melatonina no es una pastilla para dormir.

En realidad, la melatonina no es una pastilla para dormir, sino una señal biológica que regula los ritmos internos del cuerpo. Para comprender lo que realmente hace, es necesario mirar más allá del complemento.

La melatonina es una hormona que produce nuestro cuerpo; especialmente en la glándula pineal, una pequeña estructura ubicada en el cerebro. Su función no es inducir el sueño directamente, sino actuar como una señal temporal para informar al cuerpo que ha llegado la noche. Su producción aumenta con la oscuridad y disminuye con la luz, especialmente la luz artificial de la pantalla. De esta forma, ayuda a coordinar el ritmo circadiano, el sistema que organiza los ciclos de sueño y vigilia durante las 24 horas del día.

Melatonina natural vs suplementos

La melatonina producida por nuestro cuerpo y la melatonina administrada como suplemento o medicamento son la misma molécula. Pero su comportamiento no es equivalente. La secreción natural sigue un ciclo de luz-oscuridad progresivo y afinado, mientras que la administración exógena introduce una dosis concreta en un momento concreto, independientemente del estado del reloj biológico de cada persona.

Además, no todos los productos son iguales. La melatonina se puede encontrar tanto en forma de suplemento como de medicamento, con diferencias en las dosis, formulaciones, controles de calidad e indicaciones para las cuales se evalúa. Si bien los medicamentos están destinados a situaciones específicas y tienen evidencia clínica específica, los suplementos se han vuelto más populares, en muchos casos como una solución rápida para cualquier dificultad para dormir y por iniciativa propia.

La evidencia respalda su uso contra el desfase horario

La evidencia científica avala el uso de melatonina en determinadas circunstancias, como el desfase horario o algunos trastornos del ritmo circadiano. Sin embargo, su uso se ha ampliado más allá de estas indicaciones en adultos con dificultades ocasionales de sueño y en población pediátrica, donde su uso debe ser especialmente cauteloso y siempre contextualizado.

Esto es relevante: en los niños, el sueño está estrechamente relacionado con los procesos, hábitos y rutinas de desarrollo, por lo que la intervención farmacológica no debe sustituir la evaluación de las causas subyacentes del problema*.

Aunque la melatonina parece segura cuando se utiliza durante periodos cortos de tiempo, todavía sabemos poco sobre las consecuencias de tomarla durante años en etapas tan importantes como la infancia y la adolescencia. Los estudios realizados hasta ahora son en general alentadores, pero los expertos coinciden en que aún faltan datos para determinar con certeza sus efectos a largo plazo.

Revisar los hábitos diarios

La melatonina a menudo se percibe como una señal de “apagado” del cerebro, como si actuara directamente sobre el sueño. Sin embargo, esta idea simplista (y errónea) ha contribuido a una sobreestimación de su efecto inmediato. La realidad es que no actúa como interruptor, sino como sincronizador. Es decir, prepara el cuerpo, pero por sí solo no garantiza que el sueño se produzca.

Por ello, en lugar de considerarla una solución universal o un recurso inofensivo, conviene entender la melatonina como una herramienta útil en determinados contextos, pero no exenta de matices ni capaz de sustituir una buena higiene del sueño. ¿Por qué recurrimos a él con tanta frecuencia? Quizás porque ignoramos que el sueño no depende de una única molécula, sino de un sistema complejo y muy condicionado por nuestros hábitos diarios.

Antes de buscar soluciones externas, sería bueno empezar con un repaso a lo más básico: exposición a la luz por la noche (que debemos evitar), horarios irregulares, uso de pantallas antes de dormir y falta de rutinas estables. En definitiva, cambiar la “pastilla” por una buena higiene del sueño.

La conversación

M Teresa Grande participa como investigadora en proyectos de investigación competitivos financiados por el Ministerio de Ciencia e Innovación de España, relacionados con farmacología y neurociencia. Esta financiación no influyó en el contenido de este artículo.


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