Gentrificación, sobreexplotación de turistas, escasez de alojamiento: ¿y si no todo es culpa de Airbnb?

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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En muchos destinos, cuando el turismo comienza a causar malestar, el debate público rápidamente encuentra un culpable reconocible: Airbnb. La plataforma (y, en general, el arrendamiento turístico a corto plazo) concentra gran parte del malestar porque es visible, porque afecta a la vivienda y porque transforma barrios que antes no eran turísticos.

Ésta no es una preocupación menor. Eurostat estima que en 2025 se reservarán 951,6 millones de pernoctaciones en la Unión Europea a través de grandes plataformas para estancias de corta duración. También hemos visto cómo estas capacidades de alojamiento pueden contribuir a la presión residencial, el aumento de los precios y el turismo en los centros urbanos.

El debate ya no se limita a Barcelona, ​​Venecia o Ámsterdam. También aparece fuera de los grandes círculos turísticos tradicionales. Algunos ejemplos: en Cuenca, una ciudad patrimonial en Ecuador, el crecimiento del alojamiento temporal ha tensado el mercado inmobiliario en su centro histórico y ha puesto de relieve la falta de datos, registro y capacidad del gobierno local para regular el turismo. En Medellín (Colombia), el boom turístico ha incrementado el mercado de apartamentos turísticos, encarecido el alojamiento y provocado conflictos de convivencia en algunos barrios. En Tirana y otros destinos urbanos de Albania, la rápida expansión de los alquileres a corto plazo está empezando a estar asociada con la presión sobre el mercado inmobiliario y las dificultades para acceder a alquileres asequibles para los residentes locales.

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Parte del problema (pero no todo)

Sólo porque Airbnb sea parte del problema no significa que sea todo el problema. Culpar a las propias plataformas es políticamente conveniente, pero analíticamente malo. Nos permite destacar a un determinado actor, regularlo (a veces tarde, a veces mal) y dar la impresión de que se está trabajando. Sin embargo, muchos de los conflictos actuales en destinos nuevos y establecidos responden a una pregunta más profunda: durante años, el turismo se ha gestionado como si fuera sólo promoción, no una política pública territorial.

El turismo no ocupa un espacio vacío. Utiliza el patrimonio, la vivienda, el transporte, el agua, los residuos, los recursos naturales, el comercio, el espacio público y la tolerancia social. Cuando los flujos crecen más rápido que la capacidad institucional para organizarlos, surgen externalidades: congestión, ruido, precios más altos de la vivienda, pérdida del comercio diario, saturación inmobiliaria, inseguridad laboral o rechazo vecinal. La turismofobia rara vez surge del turismo abstracto; Generalmente surge de la percepción de que los beneficios se privatizan y los costos se socializan.

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crecimiento excesivo

El crecimiento global del turismo confirma este diagnóstico. Turismo de las Naciones Unidas estima que las llegadas de turistas internacionales ascenderán a 1.523 millones en 2025, frente a los niveles previos a la pandemia. La cuestión, por tanto, no es si el turismo crecerá, sino bajo qué reglas, dentro de qué límites y para quién.

La OCDE señala que el sector necesita políticas coordinadas que miren hacia el futuro y estén basadas en evidencia para hacerlo más resiliente, sostenible e inclusivo. Éste es el inconveniente de muchos destinos: mucha promoción, poca planificación; Muchos actores venden el destino, pocos lo logran.

El problema se agrava porque el turismo no funciona como una única organización sino como una red de actores con diferentes intereses, responsabilidades y objetivos. Hoteles, albergues turísticos, guías, comercios, restaurantes, plataformas, administraciones, residentes, inversores inmobiliarios, operadores culturales y empresas de movilidad operan con una lógica diferente. Si no hay una gobernanza clara, cada actor maximiza su interés particular. En economía, esto no es sorprendente: cuando un recurso compartido (atracción, espacio público, vida vecinal) se explota sin coordinación, el resultado puede ser ineficiente, incluso si cada decisión individual parece racional.

Esta fragmentación va más allá de empresas y residentes, también es común entre las instituciones responsables del turismo. Especialmente en las primeras etapas del desarrollo de un destino, las administraciones, las organizaciones de promoción y otros actores suelen planificar, generar información y promover iniciativas de forma independiente, respondiendo a sus propios objetivos y no a una estrategia común. El resultado son esfuerzos duplicados, recursos dispersos y decisiones que reducen la capacidad del destino para actuar de manera coordinada y generar valor colectivo.

Hacia un nuevo modelo

Por eso el debate no debería formularse como “Airbnb sí, Airbnb no”, sino como “qué modelo de destino queremos y qué instrumentos utilizamos para hacerlo sostenible”. Puede ser necesaria una regulación de los arrendamientos turísticos, especialmente en zonas bajo tensión. La Unión Europea ha aprobado un reglamento para mejorar la recogida e intercambio de datos sobre alquileres de corta duración.

Pero la regulación de las plataformas no sustituye a una política integral de destinos. Es necesaria una zonificación turística, límites de aforo cuando proceda, gestión de flujos, fiscalidad final, protección de la vivienda, datos en tiempo real, escucha vecinal y coordinación entre turismo, urbanismo, movilidad, cultura, seguridad y medio ambiente.

También hay una falta de profesionalización. La gestión de destinos no puede depender únicamente de la intuición, el voluntarismo político o las campañas de comunicación. Requiere perfiles capaces de interpretar datos, negociar con actores privados, diseñar indicadores, evaluar impactos, anticipar conflictos y traducir la estrategia turística en decisiones urbanas. Desde hace años, las investigaciones sobre la explotación excesiva de los turistas (overtourism) indican que no existen soluciones universales y que la gestión debe adaptarse a cada contexto. Sin equipos técnicos fuertes, los destinos reaccionan cuando ya ha estallado el conflicto.

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Mostradores turísticos

Otro error es seguir midiendo el éxito del turismo por volumen: más visitantes, más pernoctaciones, más gasto total. Estos indicadores son útiles, pero insuficientes. Un destino puede crecer en llegadas y empobrecer su vida local. Puede aumentar la ocupación y empeorar la convivencia.

El nuevo marco estadístico internacional para medir la sostenibilidad del turismo y los trabajos recientes sobre indicadores locales apuntan a la medición de los impactos económicos, sociales y ambientales de forma integrada y a nivel territorial, y sugieren incluir explícitamente el bienestar de los residentes en el foco de la política turística.

Turismo que crea valor

Un gran cambio fundamental será la transición del turismo como valor al turismo como generación de valor:

Valor territorial, porque pone en valor el patrimonio, diversifica la economía, fortalece la identidad y distribuye oportunidades.

Valor social, porque crea empleo digno, respeta la vivienda, mejora los servicios y no expulsa a quienes hacen habitable el lugar.

Valor público, porque los ingresos del turismo ayudan a financiar los costos que el propio turismo genera.

Las plataformas de alojamiento como Airbnb no son inofensivas en los destinos donde se implementan, aunque tampoco es explicación suficiente. Son un acelerador de tensiones ya existentes: escasez de vivienda, mala planificación, dependencia del crecimiento, falta de datos y gobernanza fragmentada.

Reducir el debate a una plataforma digital trata el síntoma pero deja intacta la enfermedad. La cuestión seria no es cómo recibir más turistas, sino cuántos, dónde, cuándo, en qué condiciones y con qué beneficios para la comunidad anfitriona. Aquí comienza la verdadera economía turística del siglo XXI.


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