La paradoja de la cronofobia: el miedo al paso del tiempo nos hace envejecer más

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Nadie sabe vivir; todos improvisan. En esta carrera, cuando te canses, tienes que parar para recuperar el aliento. Luego, al observar analíticamente el camino, descubrimos obstáculos. Miedos. Y seguramente pasará el tiempo entre ellos. Pero ahora sabemos que debemos intentar no insistir demasiado en ello: paradójicamente, el miedo al paso del tiempo nos hace envejecer más.

Cuando el patriarcado y la discriminación por edad se dan la mano

La llamada “cronofobia” no es una etiqueta clínica, sino un concepto de la cultura popular. Esta “preocupación por el tiempo” ha sido explorada en muchas obras de arte desde la década de 1960, como nos cuenta la historiadora del arte Pamela Lee en su libro Chronophobia (2006). Sin embargo, este concepto ha trascendido el arte y evolucionó hasta referirse al miedo al paso del tiempo.

O, mejor aún, “miedo al tiempo”, porque el atributo del tiempo pasa, como señala el periodista Sergio Fanjul en otro libro reciente dedicado al tema. Y dentro de las múltiples formas de ansiedad temporal, una de sus expresiones más comunes y estudiadas es la ansiedad por envejecimiento.

La persistencia de la memoria (Salvador Dalí, 1931) no trata específicamente de la cronofobia, sino que explora la relatividad del tiempo. Aun así, podría ser una buena metáfora visual del concepto.

Esta ansiedad proviene del deterioro físico, la pérdida de atractivo y de salud reproductiva. Como se puede suponer, el factor psicológico del estrés es especialmente pronunciado en las mujeres, ya que enfrentan más presiones socioculturales. La preocupación por la evaluación persistente de la identidad corporal aumenta con el tiempo los sistemas de respuesta al estrés.

A estas presiones de género se suma la narrativa edadista instalada en la sociedad: los cuerpos de las mujeres que envejecen están biológica y socialmente devaluados. Esta imposición de la “preservación de la juventud” fomenta la autovigilancia crónica y aumenta el malestar psicológico de gran parte del género femenino mientras trabajan incansablemente para encajar en perfiles artificiales… o para luchar contra ellos.

A medida que el reloj biológico se acelera

Es bien sabido que cualquier malestar psicosocial contribuye al envejecimiento biológico a través de la epigenética. Esto se conoce como el proceso por el cual los genes se activan o desactivan como resultado del entorno, pero sin cambiar la secuencia del ADN.

Por ejemplo, la exposición a factores estresantes crónicos en la infancia es un factor de riesgo conocido para desarrollar depresión en la adolescencia (a través de una reacción química, llamada metilación, experimentada por ciertos genes relacionados con el estrés). Es decir, mantener un estado de angustia en el tiempo aumenta el desgaste biológico.

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Heráclito de Éfeso, filósofo presocrático del siglo V a.C., sostenía que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, porque ni el río ni la persona serán exactamente iguales. Entonces la base de su filosofía fue el comienzo de uno de los fundamentos del universo: lo único que permanece constante es el cambio. Muchos años después, el actor Bruce Lee pareció abrazar esa idea cuando dijo ‘Sé el agua mi amigo’, un llamado filosófico a apreciar la adaptabilidad y convivir con la constancia del fluir. Wikipedia, CC BI

Recientemente, un estudio de 726 mujeres encontró que el estrés relacionado con la edad, específicamente el miedo a deteriorar la salud, es un factor relevante asociado con el envejecimiento epigenético acelerado. La tasa de desgaste fisiológico ha sido demostrada por un biomarcador llamado DunedinPACE.

Es decir, las preocupaciones no son meramente cognitivas o emocionales, sino que se experimentan somáticamente, creando un círculo vicioso en el que la idea de envejecer aumenta la conciencia corporal. Esta mayor conciencia aumenta el estado de estrés psicológico, que a su vez puede desencadenar una activación fisiológica sostenida a través, entre otros mecanismos, de la activación del eje hipotalámico-pituitario-suprarrenal (HPA) y la señalización inflamatoria.

Con el tiempo, este ciclo de estrés psicológico y excitación fisiológica puede dejar huellas biológicas permanentes (a través de cambios acumulativos en la metilación del ADN) y acelerar el envejecimiento. En conjunto, estos hallazgos respaldan la idea de que la forma en que experimentamos subjetivamente los efectos del tiempo en nuestros cuerpos afecta no sólo nuestra salud mental, sino también nuestro propio funcionamiento biológico.

Más obstáculos que provocan fatiga

Pero el miedo al tiempo también puede surgir de la percepción de un futuro amenazador: crisis climática, viviendas inasequibles, aumento constante de los precios de los productos básicos, salarios inciertos… En otras palabras, la relación con el tiempo no es sólo una experiencia íntima, sino también social y política.

En este sentido, la presencia de ideologías que buscan limitar los derechos civiles, limitar las libertades o abolir el progreso social previamente consolidado también genera incertidumbre sobre lo que puede venir. Especialmente en los grupos más vulnerables.

Estas barreras estructurales contribuyen a una sensación de un futuro abortado que podría exacerbar el miedo al tiempo, promover la ansiedad y afectar los relojes biológicos del envejecimiento.

Reduzca la velocidad para encontrar el equilibrio

Entonces, ¿cómo se vive sin darse por vencido? Aunque no existe una respuesta única, puede que lo más acertado sea afrontar los obstáculos a tu propio ritmo, disfrutando del placer consciente del aquí y ahora. Así, al ajustar el ritmo, se reparte mejor el peso entre obligación y autonomía. Entre lo necesario y lo esencial. Entre el deber y el ser.

Así, buscar espacio para frenar no significa ignorar las causas estructurales del malestar, sino impedir que colonicen nuestra experiencia del tiempo. En una sociedad plagada de inseguridad, hiperproductividad, prisas e incertidumbre constante, detenerse a respirar se convierte en una forma de resistencia psicológica y emocional.

Y, sobre todo, hay que vivir sin perder de vista lo más importante en el camino: somos el tiempo que nos queda.


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