Libélulas, joyas vivas de la prehistoria amenazadas por el hombre

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Por encima de los vastos pantanos del Carbonífero, hace más de 300 millones de años, libélulas gigantes del tamaño de una gaviota patrullaban el cielo primitivo. Algunos tenían una envergadura de más de setenta centímetros. Fueron los primeros odonatos -un orden que hoy incluye libélulas e hipopótamos-, los grandes depredadores voladores de un planeta exuberante pero aún extraño, antes que las flores y los pájaros. Lo más extraño es que estas criaturas no han desaparecido por completo.

Las libélulas actuales, mucho más pequeñas, ligeras y discretas, siguen conservando casi intacto el diseño morfológico y comportamental que convirtió a sus antepasados ​​en perfectas máquinas de caza. Pocos animales vivos pueden presumir de una historia evolutiva tan antigua y exitosa. Mientras continentes enteros cambiaban de forma y aparecían y desaparecían innumerables especies, éstas continuaron volando sobre ríos y lagunas con una eficiencia casi inalterada.

Algunos de ellos lograron sobrevivir a volcanes, glaciaciones y meteoritos. Sin embargo, hoy su existencia se ve sacudida por amenazas de nosotros mismos, el pueblo.

Un depredador casi perfecto

Observar de cerca una libélula es contemplar una obra maestra de la evolución. Sus enormes ojos ocupan gran parte de su cabeza y le dan una visión casi completa de todo lo que sucede a su alrededor: apenas hay un pequeño punto ciego detrás de ella.

Cada ojo está formado por miles de diminutas lentes independientes, llamadas omatidios, capaces de detectar incluso la luz ultravioleta y polarizada, algo invisible para los humanos. Con esta extraordinaria capacidad visual, algunas especies alcanzan tasas de éxito en la caza cercanas al 95%, lo que supone una eficiencia superior a la de muchos grandes depredadores vertebrados.

Una cabeza de libélula tigre con enormes ojos verdes que proporcionan una vista de casi 360º. En la parte inferior, de color negro y amarillo, se ven las mandíbulas redondeadas. Francisco Campos Sánchez-Bordona.

Las alas también esconden una increíble ingeniería mecánica. A diferencia de la mayoría de los insectos, las libélulas pueden mover sus pares de alas delanteras y traseras de forma independiente. Gracias a ello, son capaces de permanecer inmóviles en el aire, volar hacia atrás o cambiar instantáneamente de dirección, como pequeños helicópteros biológicos. A este vuelo milagroso ayuda la presencia de numerosas vetas que se cruzan en todas direcciones, con dibujos específicos que simulan vidrieras procesadas.

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Las alas de las libélulas están cubiertas de venas que les dan el aspecto de Luis Fernando Sánchez-Sastre. La vida dividida entre agua y aire

La mayor parte de la vida de una libélula pasa fuera de la vista. Mientras que el adulto, volador y colorido, vive sólo unas pocas semanas o meses, su estadio larvario previo vive en el fondo de ríos y lagunas durante meses o años, dependiendo de factores como la temperatura.

Allí, escondidas en el barro o en la vegetación acuática, las larvas también son depredadores salvajes. Tienen una estructura única llamada “máscara”: un brazo articulado escondido debajo de la cabeza que disparan hacia adelante a gran velocidad para atrapar a sus presas como un arpón retráctil.

Cuando llega el momento de la transformación, la larva sale del agua durante la noche y trepa a una roca, árbol o rama. Entonces tiene lugar uno de los procesos más delicados en el mundo de los insectos: el adulto emerge lentamente del exoesqueleto larvario o exuvia, extiende sus alas y espera inmóvil a que su nuevo cuerpo se endurezca. Durante esas horas es completamente vulnerable, pero poco después, el antiguo depredador acuático se apodera del aire.

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Una libélula atigrada que emerge de una exuvia unida a una roca junto a un arroyo. El exoesqueleto ahora vacío permanece fijado al sustrato mientras el insecto completa su metamorfosis, endureciendo su cuerpo y sus alas mientras se seca al sol. Francisco Campos Sánchez-Bordona. Agentes de control de plagas

Aunque solemos asociarlos con la fragilidad, son cazadores despiadados: mosquitos, moscas y mariposas pueden acabar atrapadas por las patas, convertidas en una especie de cesta espinosa que se cierra en pleno vuelo. Sus larvas acuáticas son capaces de atrapar renacuajos e incluso peces pequeños.

Lejos de ser una amenaza para nosotros –no pican, ni muerden ni producen veneno–, las libélulas son en realidad grandes aliadas: un metaanálisis publicado en el Journal of Animal Ecology estima que una sola larva de libélula puede eliminar una media de 40 larvas de mosquito al día, lo que las convierte en uno de los agentes de control biológico más eficaces que existen. Además, investigadores de la Universidad de Turku estimaron que las poblaciones de cazadores en un estanque pueden atrapar casi 700.000 mosquitos y jejenes en un verano.

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Con un diseño delicado, parecen frágiles, pero las libélulas destacan por su extraordinaria resiliencia evolutiva. Sus alas ligeras y su visión precisa los convierten en auténticos supervivientes de los ecosistemas acuáticos. Luis Fernando Sánchez-Sastre. Fascinado por su delicada belleza

La fascinación que despiertan no es nueva ni exclusiva de Occidente. En Japón, las libélulas han sido veneradas desde tiempos inmemoriales: el país se llamaba Akitsushima – “Isla de las Libélulas” – y el libro de historia japonés más antiguo, el Kojiki (siglo VIII), incluye el nombre. Para los samuráis, representaban el coraje y la victoria -hasta el punto de que se les llamaba kachimushi, “el insecto invencible”- y su imagen estaba grabada en cascos, empuñaduras y armaduras.

Hoy en día, siguen siendo un motivo recurrente en la poesía haiku japonesa, en lacas, cerámicas y jardines tradicionales, un universo estético en el que la fugacidad de su verano evoca la fugacidad de las estaciones.

Guardianes de nuestros ríos

Hay que tener en cuenta otro aspecto de estos insectos, y es su extrema sensibilidad a la salud del agua. Donde desaparecen, casi siempre hay un ecosistema perturbado.

La contaminación, la canalización de ríos, la destrucción de la vegetación costera, los pesticidas o la explotación excesiva de los acuíferos son las principales causas de destrucción de los lugares donde viven estos insectos. Las larvas de libélula se encuentran entre las primeras afectadas, ya que necesitan agua limpia y oxigenada para sobrevivir.

Por este motivo, los científicos consideran que los odonatos son excelentes bioindicadores: su presencia revela la calidad ecológica de un río mucho antes de que percibamos su deterioro. No es casualidad que en algunos lugares de Castilla la intuición popular las bautizara con el nombre de enclarragua.

Es esta sensibilidad la que los convierte hoy en víctimas silenciosas de la transformación de nuestro paisaje.

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Ríos limpios y bien conservados como este de la provincia de Ávila son fundamentales para la supervivencia de las libélulas durante su etapa larvaria. La calidad del agua y la riqueza vegetal determinan el éxito de uno de los grupos animales más antiguos del planeta. Luis Fernando Sánchez-Sastre. Un posible futuro de la línea ancestral

Resulta paradójico que las libélulas sobrevivieran a extinciones masivas, cambios climáticos naturales y transformaciones planetarias durante cientos de millones de años, pero que en apenas unas décadas muchas especies comenzaran a desaparecer de lugares donde habían sido abundantes durante siglos.

Algunas, como la espectacular Macromia splendens, persisten en poblaciones pequeñas y fragmentadas, escondidas en unos pocos ríos bien conservados. Otros van desapareciendo lentamente a medida que el agua pierde calidad o desaparece.

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Macromia splendens, incluida en el Catálogo Español de Especies Amenazadas, en la categoría “En peligro de extinción”. Wikimedia Commons., CC BI

Mientras tanto, más especies termófilas avanzan hacia el norte, favorecidas por el calentamiento global, rediseñando el mapa de biodiversidad europeo. El cambio climático está creando ganadores y perdedores entre estos sobrevivientes del pasado.

Conservar libélulas significa conservar algo más que hermosos insectos. Esto significa proteger los ríos y humedales de los que depende gran parte de la vida. Esto significa preservar un linaje que ya volaba sobre la Tierra mucho antes de la aparición del ser humano.

Hoy en día, este patrimonio se defiende ampliando el conocimiento sobre la biología y situación de estos fascinantes insectos y sus ecosistemas, gracias al trabajo conjunto de aficionados y científicos. Y este es también el caso de España, donde en los últimos años se han desarrollado iniciativas a diferentes niveles: desde trabajos de campo regionales dedicados al público general hasta proyectos de investigación a nivel nacional que estudian la respuesta al cambio climático en los parques nacionales españoles.

Cada libélula que aún patrulla el arroyo es, en cierto modo, un fragmento vivo de la prehistoria que ha llegado hasta nosotros desafiando el tiempo. Hoy, además de resistir, los odonatos siguen cuidando tranquilamente nuestros ríos, humedales y ecosistemas acuáticos. Estuvieron aquí mucho antes de que llegáramos. Lo mínimo es garantizar que estos guardianes silenciosos puedan seguir haciéndolo.


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