Más allá del miedo: lo que revelan los estudios sobre las emociones que alimentan la islamofobia

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Cuando se habla de islamofobia, casi siempre se invoca el miedo. Miedo a los musulmanes, sus costumbres o amenazas percibidas asociadas con su religión. Pero esa explicación es breve. Cada vez hay más pruebas de que el rechazo de las comunidades musulmanas está alimentado no sólo por el miedo, sino también por emociones más intensas y persistentes, como la ira, el desprecio y el odio.

La diferencia no es pequeña. El miedo separa; el odio destierra y eleva el listón moral. Ya no dice simplemente “no te conozco”, sino algo más serio: “sé lo que eres y no deberías estar aquí”. Aquí es donde comienza la deshumanización: el momento en que una persona deja de ser persona y comienza a ser vista como una amenaza, una mancha o un obstáculo. Y cuando eso sucede, la exclusión comienza a parecer razonable y la mala educación comienza a disfrazarse de sentido común.

Además, ese odio no nace de la nada, tiene memoria y siglos a sus espaldas. El intelectual y activista palestino-estadounidense Edward Said explicó en su libro Orientalismo cómo Occidente produjo una imagen del “Oriente” como su opuesto: irracional, atrasado, fanático o violento, según fuera necesario. No era una descripción inocente, sino una forma de inventar un otro inferior para afirmar la propia superioridad.

Esa maquinaria no desapareció, sólo cambió de ropa. Muchas veces la islamofobia no sólo se dirige contra el Islam como religión, sino contra cualquier cosa que suene “árabe”, “musulmana”, “oriental” o extranjera, como si diferentes pueblos, lenguas, historias y países pudieran agruparse en una sola caricatura.

Del miedo al odio

El miedo puede hacer retroceder a alguien, mientras que el odio necesita ser señalado, reprimido, castigado. Por eso es tan peligroso: porque no se queda en una emoción pasajera, sino que organiza una forma de ver.

Como vimos en una encuesta reciente entre jóvenes en España, estos dos procesos no sólo coexisten, sino que actúan simultáneamente en la difusión de mensajes de odio en las redes sociales.

Por un lado, hay un proceso “cognitivo”: creencias que presentan a los musulmanes como una amenaza o como parte de una conspiración, como las teorías del “gran reemplazo”. Además de explicar el rechazo, estas ideas lo justifican.

Por otro lado, está el proceso “emocional”: sentimientos como la ira, el rechazo o el desprecio que nos obligan a actuar. Si bien el miedo tiende a alejarnos, estas emociones activan respuestas más duras, como señalar, cerrar o atacar. Ambos caminos funcionan al mismo tiempo. Las ideas legitiman el rechazo, las emociones lo impulsan.

En otra investigación reciente, notamos que estas dos vías funcionan simultáneamente, pero no con la misma intensidad. Las creencias conspirativas (la idea de que los musulmanes actúan como un grupo coordinado y amenazante) son uno de los factores más influyentes a la hora de difundir mensajes islamófobos en las redes sociales. Al mismo tiempo, las emociones negativas dirigidas a los musulmanes, no al Islam como religión, son las que realmente impulsan la acción.

Esto es importante porque las creencias no se quedan quietas en la cabeza: caminan, votan y, en última instancia, influyen en las decisiones colectivas. Lo que empieza como emoción acaba siendo política. Por eso no sorprende que, en muchos casos, las emociones más asociadas con la islamofobia no sean sólo el miedo, sino también la ira y el rechazo. La ira ocurre cuando convences a alguien de que ha sido atacado, reemplazado o traicionado. El rechazo florece cuando el otro se presenta como un cuerpo extraño, como una presencia contaminante. El odio une ambas cosas y les da dirección.

Gaza, Irán y la lógica de la deshumanización

Lo que ocurrió en torno a Gaza hace que esa maquinaria sea visible. Tras los ataques del 7 de octubre de 2023 y la guerra que siguió, el Consejo de Europa advirtió recientemente sobre un fuerte aumento de los incidentes de odio contra musulmanes en varios países europeos. Cuando la guerra impregna la vida civil a través de estereotipos y asociaciones colectivas, la gente ya no se ve a sí misma en su singularidad: se la ve como parte de la masa culpable.

Esto sucede no sólo en los márgenes, sino también en los discursos políticos y mediáticos que refuerzan estas percepciones. Este mismo mecanismo reaparece cada vez que Irán es reducido, sin matices, a un emblema de una supuesta esencia musulmana autoritaria o amenazante. Las críticas al régimen político son legítimas. Lo que no es, aunque sucede a menudo, es utilizar esas críticas para reforzar la vieja fantasía de un bloque musulmán homogéneo, incompatible con la democracia e inherentemente violento.

Y esa lógica no sólo circula en los márgenes de Internet o en las voces de los fanáticos comunes y corrientes. También puedes hablar desde arriba. El 7 de abril de 2026, Donald Trump llegó a decir que “toda la civilización morirá esta noche” si Irán no cede a sus exigencias.

Este tipo de discursos no sólo describen conflictos, sino que también contribuyen a redefinir quién merece protección y quién puede ser tratado como una amenaza. Cuando esto se habla desde un centro de poder, precisamente se refuerza la gramática emocional de la islamofobia: la del otro como un peligro total, vago e ineludible.

Las consecuencias de este clima no se quedan en la geopolítica. Bajan a la calle. Se convierten en un gesto, un insulto y una sospecha. Se notan en una mujer con hijab que es vista como un problema, en un estudiante que tiene que responder por guerras que no peleó, en una persona que descubre que su nombre o su apariencia son suficientes para despertar sospechas. El odio, cuando se normaliza, deja de parecer odio. Se convierte en un hábito.

¿Qué está pasando en España?

En España, esta lógica tiene su propio énfasis. La islamofobia está entrelazada con una larga historia de construcción del “Moro” como una figura fronteriza, sospechosa y subordinada. No siempre se expresa en grandes proclamas: a menudo cae en asociaciones automáticas entre Islam y violencia, entre inmigración y amenaza, entre diferencias culturales e incompatibilidad democrática. El propio Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia ha recogido información reciente sobre la intolerancia y la discriminación contra los musulmanes en España, lo que es señal de que no estamos ante episodios aislados.

Y a veces esa hostilidad es explícita, abierta. A finales de marzo y principios de abril de 2026, durante y después de un partido amistoso de fútbol entre España y Egipto en Cornellà (Barcelona), se hicieron visibles cánticos como “El musulmán que no rebota”. El ayuntamiento condenó los hechos, los Mossos d’Escuadra investigaron y, poco después, la FIFA abrió un expediente a la Real Federación Española de Fútbol. No se trató de una anécdota menor ni de un desplante cualquiera de los estadios. Fue un ejemplo de hasta qué punto ciertas formas de desprecio todavía están disponibles en el lenguaje público.

Por qué es importante entender las emociones

Hablar de emociones puede parecer suave ante la dureza de la política. Pero está sucediendo lo contrario: las emociones están en el centro mismo de la vida pública. Para comprender y afrontar la islamofobia no basta con repetir que debemos ser tolerantes; Debemos aprender a reconocer las emociones que respaldan la exclusión. Durante demasiado tiempo se ha pensado que el miedo era el principal impulsor, pero los estudios muestran que el odio, la ira y la deshumanización desempeñan un papel decisivo a la hora de legitimar el daño.

Por lo tanto, buscar una mejor convivencia no es sólo una cuestión de leyes o campañas institucionales. También requiere cuestionar las narrativas que repetimos sin pensar, las imágenes heredadas, los prejuicios disfrazados de sentido común.

En este momento, están cobrando especial importancia proyectos como CeMIIA, centrado en la intolerancia mediática entre el público joven, y IIS-HATE, centrado en las percepciones y actitudes de los jóvenes hacia el discurso de odio islamófobo en el ciberespacio. Ambos son impulsados ​​por la Universidad de Salamanca, a través del Observatorio de Contenidos Audiovisuales, con el fin de analizar cómo se forman y difunden estas actitudes en el entorno digital.

Más que un ejercicio académico, comprender cómo funcionan estas emociones es una condición necesaria para proteger la convivencia.


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