“Me equivoqué”: Una forma de mejorar la participación y la confianza en el aula

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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¿Por qué muchos estudiantes pretenden aprobar o obtener una determinada calificación y no participan en clase ni participan? Muchos estudiantes escuchan, respetan y responden la pregunta, incluso obtienen buenos resultados, pero participan poco y evitan exponerse. Independientemente de lo interesante o relevante que sea para usted el contenido o el tipo de tarea, uno de los factores clave es cómo se presenta el profesor a los estudiantes y qué tipo de relación establece con ellos y con la disciplina.

Cada vez hay más evidencia de que ser humano, reconocer las dudas y no tener siempre la última palabra son cualidades que favorecen esta relación. La humildad intelectual, entendida como capacidad de reconocer los propios límites y apertura al aprendizaje, desplaza el protagonismo del ego hacia el proceso de enseñanza y aprendizaje.

En otras palabras: esta modestia o humanidad no es una cualidad secundaria, sino una de las herramientas más efectivas para mejorar el aprendizaje.

Hallazgos recientes muestran, como veremos a continuación, que cuando los profesores no tienen que parecer infalibles, los estudiantes se sienten más seguros para participar, hacer preguntas y cometer errores. La autoridad no desaparece, pero deja de depender de la imposición y comienza a construirse sobre la confianza.

El profesor no tiene todas las respuestas.

La evidencia confirma algo que muchos profesores han sentido: los estudiantes se involucran más cuando sus profesores admiten dudas o errores. En estos contextos aumenta el sentimiento de aceptación, el sentimiento de pertenencia y disminuye el miedo a equivocarse.

Cuando un error se percibe como una amenaza, la respuesta habitual es el silencio: muchos niños y niñas interesados ​​en el tema prefieren no participar. En cambio, cuando el profesor lo normaliza, los alumnos se animan a preguntar y probar. El aprendizaje deja de ser una búsqueda de la respuesta correcta y se convierte en investigación.

Un entorno que gestiona el error de forma constructiva crea una mayor confianza y creencias más adaptativas sobre el aprendizaje. La humildad intelectual, en este sentido, no es sólo una actitud, sino una herramienta pedagógica.

Menos control, más confianza

La autoridad docente se ha asociado durante mucho tiempo con el control y la distancia emocional. Sin embargo, este modelo puede tener efectos negativos. Los estilos autoritarios se asocian con un menor bienestar de los estudiantes y un mayor agotamiento.

Frente a esto, la evidencia apunta a modelos basados ​​en la confianza. Los estudiantes no aprenden mejor cuando se sienten observados, sino cuando se sienten acompañados. La autoridad cambia de base: se construye sobre la coherencia, la justicia y el respeto.

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Las emociones del profesor también influyen. La forma de reaccionar ante un error o participación determina la implicación del alumno. El clima tenso inhibe; uno respetado facilita. En lugar de controlar todo lo que sucede, es más eficaz cuidar cómo sucede.

Siéntete seguro para aprender

El aprendizaje no es sólo un proceso cognitivo, sino también emocional. Entonces, cuando los estudiantes perciben cercanía y comprensión, tienen menos ansiedad y más implicación.

Se trata de crear un sentido de pertenencia: si los estudiantes sienten que son parte del proceso y pueden cometer errores sin ser juzgados, su disposición a aprender cambia. A veces basta un pequeño gesto para alterar ese equilibrio. Una reacción inapropiada ante un error puede hacer que un estudiante deje de intervenir durante semanas. Por el contrario, cuando el docente valora el esfuerzo antes que el éxito, regresa la confianza en uno mismo.

La seguridad emocional no es un añadido, es una condición del aprendizaje. Cuando los estudiantes se sienten respetados, pueden concentrarse en comprender. Cuando no es así, dedica parte de su atención a protegerse.

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Un maestro que también aprende.

Otra señal fuerte es que el docente se muestra como alguien que continúa aprendiendo. No a través de discursos, sino en la práctica. Cuando incorpora las ideas de los estudiantes o reconoce que está reconsiderando sus enfoques, comunica que el aprendizaje es una actitud continua.

Este enfoque coincide con las recomendaciones de la UNESCO para el aprendizaje permanente. No se trata sólo de mejora continua, se trata de estar abierto al cambio.

Además, este posicionamiento afecta a los estudiantes. Un entorno que promueve el desarrollo profesional docente fomenta el compromiso y una mentalidad de crecimiento.

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Se aprende corrigiendo

La forma en que se brinda la retroalimentación afecta directamente la forma en que los estudiantes entienden el aprendizaje. Cuando sólo se señalan los errores, muchos estudiantes asocian el aprendizaje con el fracaso. En cambio, cuando se reconoce y mejora el esfuerzo, la respuesta cambia.

Si los profesores transmiten la idea de que las habilidades no son innatas ni fijas y pueden desarrollarse, la persistencia y el rendimiento aumentan, así como la seguridad psicológica. No se trata de evitar la corrección, sino de cambiar su significado.

No es lo mismo decir “esto es malo” que “a ver cómo podemos mejorarlo”. Cuando el profesor no tiene que imponer sus propios criterios, la retroalimentación se convierte en una ayuda más que en un juicio. Pequeños cambios en la forma en que lo dices tienen un gran impacto.

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Lo que los estudiantes no olvidan

La relación con el profesor es uno de los factores que más influye en el aprendizaje. Con el tiempo, muchos estudiantes olvidan el contenido, pero no cómo se sintieron mientras aprendían. La cuestión no es sólo cuánto sabe el profesor, sino qué tipo de experiencia genera.

Por eso, cuando el aula es un espacio donde se pueden hacer preguntas sin miedo, equivocarse y participar, además del desempeño, también mejora la actitud hacia el conocimiento.

La humildad intelectual es una forma de exigir mejor y fortalecer la autoridad porque se aplica de forma más justa y cercana. Porque muchas veces una buena enseñanza no se trata de mostrar lo que alguien sabe, sino de crear las condiciones para que otros quieran aprender. Y para eso, a veces lo más poderoso que puede hacer un docente es algo aparentemente simple: dejar de tener la razón todo el tiempo.


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