“Paz, misericordia y perdón”. Hay quienes conocen esto como “el discurso de las tres plagas”. Fue el último de Manuel Azaña, pronunciado en el Ayuntamiento de Barcelona en el segundo aniversario del golpe de Estado sufrido por la Segunda República Española, el 18 de julio de 1938. Curiosamente su llamamiento de aquel día ha sobrevivido al paso del tiempo.
Noventa años después del golpe de Estado que inició el conflicto, esas tres palabras siguen resonando como el mejor antídoto contra el odio que destruyó a España. Azanya las pronunció desde el corazón, el mismo que le llevó a escribir una carta de dimisión a la presidencia que envió al entonces presidente de las Cortes, Diego Martínez Barry, el 27 de febrero de 1939, en Colonges-su-Salev, en la frontera francesa con Suiza. Vale la pena dedicar unos minutos a este artículo para conocer la historia detrás de su descubrimiento y preservación.
La guerra dejó cientos de miles de muertos, millones de vidas marcadas para siempre y un legado de dolor cuyos efectos, en muchos casos, aún perduran.
Pero nueve décadas después, esa contienda sigue planteando preguntas que van más allá de la historia militar o de los principales acontecimientos políticos. Las investigaciones actuales centran cada vez más su atención en las personas: cómo vivieron ese conflicto, qué consecuencias dejó en quienes lo sufrieron y cómo sus efectos continúan proyectándose en las generaciones posteriores.
Una de las actividades que más interés ha despertado en los últimos años es el estudio del trauma psicológico. Durante décadas, las consecuencias emocionales de la guerra apenas ocuparon espacio en el debate público. Sin embargo, diversos equipos de investigación intentan ahora comprender cómo el miedo, la violencia, la represión o el exilio pueden afectar a la salud mental de quienes los sufrieron, e incluso afectar a sus descendientes. Este artículo trata sobre un proyecto que pretende sacar a la luz los efectos que aún existen en los familiares de segunda a cuarta generación de víctimas del franquismo.
Años de silencio forzado, junto con la dificultad del duelo, sugieren que muchas de estas heridas han permanecido ocultas durante décadas.
Frente a la imagen de verdugos motivados únicamente por el fanatismo, algunos estudios, como el que detalla Francisco Jorge Leira Castinheira, de la Universidad Carlos III, analizan cómo miles de personas sin experiencia militar fueron reclutadas por la fuerza en el ejército y acabaron participando en episodios de extrema brutalidad. Comprender los mecanismos psicológicos, sociales y políticos que convierten a los ciudadanos comunes en delincuentes es esencial no sólo para interpretar el pasado, sino también para prevenir la repetición de procesos similares.
Otra historia que nos sigue persiguiendo en este 90 aniversario es la historia de los llamados “hijos de la guerra”. Miles de menores fueron evacuados al extranjero para evitar los bombardeos, y muchos nunca regresaron a España, como los 456 hijos de republicanos llamados los “hijos de Morelia” (México). O los cerca de 3.000 menores españoles trasladados a la Unión Soviética entre 1937 y 1938.
La experiencia de los niños durante la guerra marcó profundamente sus vidas, pero también la literatura que muchos escribieron años después, como escribe el investigador Maravilas Moreno Amor de la Universidad de Murcia. Hoy, sus memorias representan un precioso testimonio del desarraigo, la pérdida de la infancia y la construcción de una identidad entre los dos países.
“La España que perdimos, que no nos pierda a nosotros”, reza uno de los versos más memorables del poema Entre España y México (1939), escrito por el poeta alcarreño Pedro Garfias durante su exilio republicano. Esa frase la repitieron durante años todos aquellos que tuvieron que abandonar su país huyendo de la represión franquista.
Los historiadores continúan ampliando los límites del conocimiento sobre la Guerra Civil. El acceso a nuevos archivos, la digitalización masiva de documentos, las técnicas de análisis de bases de datos a gran escala o la inclusión de nuevas disciplinas nos permiten plantearnos preguntas diferentes a las de hace apenas unas décadas. La investigación ya no se limita a reconstruir lo ocurrido, sino que intenta comprender cómo afectó a la vida cotidiana, las emociones y la memoria colectiva.
Todo ello sin olvidar que la violencia no acabó con el fin de la guerra. La dictadura de Franco desarrolló un vasto sistema represivo –como nos cuenta el investigador Christian Sánchez Benítez de la Universidad de Haen– que combinaba ejecuciones, encarcelamiento, trabajos forzados, purgas profesionales, exilio y control social.
Esa represión buscaba castigar a los vencidos, pero también moldear el comportamiento de toda la sociedad a través del miedo.
Noventa años después, la historia sigue recordándonos que ninguna investigación sobre la guerra civil encontrará una conclusión más necesaria que esas tres palabras de Manuel Azaña: paz, misericordia y perdón.
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