Durante años, millones de espectadores han visto a jugadores de fútbol profesionales quitarse la camiseta para celebrar un gol. Ahora, si hacen eso, reciben una tarjeta amarilla como sanción. Por eso, cuesta ver lo que hay debajo… salvo en ocasiones puntuales, como lo ocurrido el 26 de abril en el partido entre el Racing de Santander y Ceuta, donde un jugador rasgó la camiseta de otro y la cámara siguió a este último para hacernos partícipes del cambio de ropa. Entonces los espectadores del encuentro se preguntan, entre la curiosidad y el meme: ¿por qué lleva debajo una especie de “bra deportivo”?
La respuesta corta es que no es un sostén. La larga (y mucho más interesante, hasta el punto de dedicarle este artículo) es que se trata de un cinturón o chaleco de compresión. A primera vista parece ropa interior deportiva. Sin embargo, es una de las mejores metáforas del deporte moderno: el cuerpo del deportista ya no se entrena solo; Hoy también se mide, se traduce y se convierte en datos.
Banda de compresión, análisis móvil.
En la práctica, ese cinturón que llevan los futbolistas no es sólo un detalle estético, sino una oficina portátil de analítica deportiva. En él, en la parte superior de la espalda, se encuentra un pequeño dispositivo GPS y otros sensores. Su función es registrar distancia recorrida, velocidad máxima, número de sprints, aceleraciones, desaceleraciones y carga, entre otras variables. Además, en algunos casos se combina con bandas de frecuencia cardíaca u otros sistemas biométricos.
¿Y es legal? El fútbol ha integrado el seguimiento corporal de forma regulada. La International Football Association Board (IFAB) permite los sistemas de seguimiento electrónico (EPTS) en competiciones oficiales, siempre que sean seguros, estén homologados y homologados por los organizadores. La UEFA también los admite en el campo con la autorización del árbitro.
Normalizamos el cuerpo observado. Pero en este caso hay una paradoja: mientras que en el fútbol los sensores son parte del paisaje cotidiano, en otros deportes la tecnología sigue siendo un territorio ambiguo, dudoso o totalmente prohibido.
El ejemplo más reciente fue el de Carlos Alcaraz en el Abierto de Australia de 2026, cuando el árbitro le obligó a quitarse el brazalete Woop que llevaba debajo del brazalete antes de su partido contra Tommy Paul. Alcaraz explicó después que, por supuesto, era una forma de controlar el descanso, la carga y la recuperación, pero que “esas son las reglas del torneo” y que no pasó nada: “deja de funcionar”.
El cuerpo como laboratorio
En el deporte de élite, la línea entre competición y seguimiento hace tiempo que se desdibuja. Por eso, los clubes de fútbol, especialmente los de las grandes ligas europeas, llevan años utilizando sistemas de seguimiento GPS para saber cuánto corre un jugador, cómo corre, cuándo acelera, cuándo baja su rendimiento y cuánto tiempo tarda en recuperarse.
En este ámbito, la promesa de estos dispositivos es tan simple como poderosa: si el cuerpo deja rastros mensurables, esos datos pueden ayudar a prevenir lesiones, dosificar el esfuerzo y optimizar el rendimiento. Y, en una industria donde desgarrar un músculo puede costar semanas, millones y una temporada, cualquier información es una ventaja. En primer lugar, en el fútbol.
Este deporte es por naturaleza un deporte de cargas repetitivas y de gestión colectiva. El preparador físico necesita saber si el extremo ha realizado demasiados sprints, si el centrocampista ha acumulado demasiada desaceleración o si el defensa está entrando en zona de riesgo muscular. Los datos no sustituyen a un ojo experto. Pero lo complementa. O, mejor dicho, lo disciplina.
Lo que solía ser intuición (juicios como “hoy está cargado” o “hoy está bien”) ahora puede expresarse en paneles de control, semáforos de fatiga y curvas de recuperación.
Tecnología aceptada y sospechosa al mismo tiempo
Pero ¿por qué nadie se sorprende cuando un jugador de fútbol lleva un sensor en el pecho y se genera controversia cuando un tenista lleva una pulsera en la muñeca? La respuesta, por supuesto, no es tecnológica. Es cultural y regulatorio.
El fútbol ha integrado estos sistemas principalmente en los entrenamientos y, cuando se utiliza en competición, se hace dentro de un ecosistema donde el control externo ya forma parte del juego: presupuestos elevados, banquillos grandes, cuerpo técnico numeroso, análisis en tiempo real, sustituciones tácticas y una larga tradición de lectura colectiva del rendimiento.
El tenis, en cambio, mantiene una narrativa mucho más individualista. El jugador aparece como una figura casi autosuficiente, encerrado en el campo, limitado en la comunicación con su equipo y sujeto a estrictas reglas contra el entrenamiento secreto. En este contexto, cualquier dispositivo corporal plantea una duda inmediata: ¿sólo mide? ¿Es transferible? ¿Puede convertirse en un canal de información externa? ¿Y recibir información?
Esto es exactamente lo que pasó con la pulsera de Alcaraz. Whoop no tiene pantalla y su función principal es registrar variables fisiológicas como frecuencia cardíaca, esfuerzo, recuperación o sueño, sin mostrar datos tácticos en vivo al jugador. Pese a ello, el juez ordenó su remoción. La polémica fue mayor porque Alcaraz ya lo había utilizado en rondas anteriores, y el propio director general de la compañía calificó la medida de “ridícula”, defendiendo que el dispositivo no ofrecía una asistencia competitiva inmediata. ¿Qué quiere decir esto? El problema no es lo que hizo el dispositivo, sino lo que podría representar.
No son esteroides, pero tampoco son neutros.
El fundador de Whoop resumió la controversia con una frase que llenó los titulares de todo el mundo: “los datos no son esteroides”. La frase funciona bien como titular o como estrategia comercial. Pero también simplifica demasiado.
Es cierto: el sensor no dopará a nadie. No aumenta la masa muscular, ni acelera la recuperación química, ni altera directamente el rendimiento fisiológico, pero eso no significa que sea neutro.
Los datos son poder; Es oro del siglo XXI. Y, en el deporte de élite, el poder casi siempre se traduce en “ventaja”.
Un equipo que conoce mejor la carga de trabajo interna de un jugador puede ajustar mejor sus descansos. Un jugador de tenis que controla con precisión cómo reacciona su cuerpo al calor, el estrés o la preparación del partido puede planificar mejor su recuperación. Un cuerpo técnico que detecta los primeros signos de fatiga tiene más margen para intervenir antes de que se produzca una lesión.
Entonces, desde un punto de vista regulatorio, surge la pregunta de qué tipo de asistencia representan y cuándo estos dispositivos ya no son aceptables. ¿Es legítimo recopilar datos que serán analizados tras el partido? Probablemente sí. ¿Es legítimo recibir información en tiempo real desde el banquillo o desde la grada? Aquí es donde cambia el debate. ¿Qué pasa si el dispositivo no muestra nada al jugador, pero transmite a su computadora? ¿Qué pasa si esa información cambia las decisiones tácticas durante un partido?
Del músculo al algoritmo
Lo más interesante del cinturón y pulsera del futbolista Alcaraz no es el dispositivo en sí. Esto es lo que ambos dicen sobre una transformación más profunda. El deportista moderno no sólo entrena: se cuantifica. Tu sueño se ha logrado; su recuperación está indexada; tu estrés se convierte en un número; tu capacidad para correr se convierte en una curva… En resumen, tu cuerpo es un sistema de datos interoperable.
Esto tiene ventajas obvias: mejor prevención, mejor individualización y menos intuición ciega. Pero también introduce una nueva forma de dependencia. Cuando el cuerpo se convierte en un tablero de instrumentos, el riesgo es olvidar que no todo lo importante se puede medir. Hay días en los que un jugador es “bueno” con el dispositivo y malo con sus sensaciones. Y otros donde compite por encima de lo que aconsejarían las métricas.
El conjunto más político del deporte.
Sin embargo, el episodio de Alcaraz nos recuerda que esta lógica no se distribuye de forma homogénea. Aunque hay deportes que tienen el seguimiento naturalizado, algunos todavía lo ven con recelo, mientras que otros lo aceptan en los entrenamientos y lo prohíben en la competición. Pero todos, tarde o temprano, tendrán que decidir dónde trazar la línea entre el cuidado corporal legítimo y la ventaja tecnológica.
Es posible que el futuro de los deportes no se practique únicamente en el gimnasio o en la pista. También se juega, literalmente, debajo de la camiseta.
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