El aldeano de Schrödinger o cómo pensar el mundo si no hay nada con qué compararlo

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Hay una costumbre humana, muy filosófica y bastante cómica: comentar el mundo entero como si lo tuviéramos en la mesa, junto al café y las notas de trabajo. Schopenhauer lo describiría como un lugar triste y mal construido, Leibniz, como el mejor de todos los mundos concebibles. Dicho con tanta seguridad, casi se sospecha que los filósofos disponían de un catálogo comparativo de mundos, con reseñas y políticas de devolución.

Erwin Schrödinger 1933 Fundación Nobel, CC BI-SA

El premio Nobel de física y padre de la mecánica cuántica Erwin Schrödinger (1887-1961), que no era precisamente enemigo de la ciencia, se tomó muy en serio esta rareza. En su obra Mi concepción del mundo, el físico austriaco se centra en algo que, por ser tan cotidiano, parece casi invisible: abrimos los ojos y el mundo ya existe. Cosas, cuerpos, horarios, noticias, enfermedades, facturas y vecinos. Todo muy razonable. Todo muy normal. Tan normal que empieza a resultar sospechoso.

La metáfora del aldeano

Schrödinger presenta a continuación un cuadro magnífico. Pensemos en un hombre que nunca salió de su pueblo. Allí nació, allí creció, conoció allí el verano, el invierno, la lluvia, el polvo, la humedad, el aburrimiento y las risas. Un día, con asombrosa autoridad meteorológica y sin una sola muestra comparativa, declara: “El clima de mi ciudad es extremadamente cálido. O tal vez, ‘El clima de mi ciudad es extremadamente frío’. La pregunta inmediata sería: ¿comparado con qué? ¿En qué otro clima, si nunca has estado allí?

Un científico cuántico sugiere que hagamos algo similar al juzgar al mundo entero. Decimos que está bien hecho, mal hecho, triste, perfecto, defectuoso, admirable o insoportable. ¿Pero dónde está el otro mundo con el que lo hemos comparado? ¿Nos dejaron probar otro universo durante quince días, con derecho a devolución si no quedábamos satisfechos? No. Sólo tenemos este mundo. Y, sin embargo, lo condenamos, lo admiramos, lo condenamos, lo bendecimos, lo vilipendiamos o lo diagnosticamos. La escena es divertida, pero la gracia es filosóficamente muy seria.

Sólo tenemos este mundo

Normalmente nos sorprendemos cuando algo se desvía de lo que esperábamos. Una bajada de la factura de la luz, una promesa política cumplida, una reunión que acaba a tiempo. Lo inesperado destaca sobre el fondo de la supuesta normalidad. Pero el mundo entero no puede enfrentarse a nada. No hay escaparate mundial posible donde esto aparezca con una etiqueta que diga: “Modelo defectuoso: revisión dolor y muerte”. Aún así, el mundo nos preocupa.

Aquí reside la mejor intuición de Schrödinger. Lo extraño no es sólo que exista un mundo. Lo extraño es que el mundo nos puede resultar extraño porque somos los habitantes, los inquilinos forzosos. Nunca hemos salido del pueblo, pero sospechamos que hay algo extraño en su temperatura. Y, por supuesto, escribimos opiniones muy fuertes al respecto.

Dos formas de vida

Por ello, este científico distingue, aunque no lo presenta en forma de manual, dos formas de vivir. El primero acepta el escenario general sin hacer demasiadas preguntas. Le sorprenden los detalles: esto pasó hoy, esto pasó ayer, esta noticia es extraña, este fenómeno no estaba previsto. Es una actitud razonable, probablemente recomendada para dormir bien por la noche.

Otro, en cambio, empieza a tener problemas con lo que todos llaman sentido común. No sólo se pregunta por la gotera en la casa, sino por toda la casa y por el hecho bastante extraño de que él vive en ella.

La filosofía, en este sentido, no es una profesión: es una leve incapacidad para aceptar pruebas con buenos modales y seguir viviendo una vida normal.

No hay puerta para mirar

Lo más interesante es que esta reflexión no proviene de alguien que desprecie la ciencia. Proviene de uno de los grandes físicos del siglo XX. Schrödinger sabía perfectamente que la ciencia explica fenómenos, relaciones, leyes y procesos. La ciencia puede explicarnos muchas cosas: cómo cae una piedra o cómo se comporta una onda, incluso por qué no conviene discutir con la termodinámica.

Pero eso no nos da la puerta para salir del universo, mirarlo desde fuera y darle una calificación. Quizás por esta razón el conocimiento no siempre mata el asombro; A veces lo hace más incómodo, más extraño.

Quizás aquí es donde comienza la filosofía: no en una solemnidad inflada, sino en esta escena casi cómica. El habitante del mundo se detiene, mira a su alrededor y descubre que lo más extraño no es la excepción, sino la normalidad misma.

La filosofía comienza cuando el aldeano se da cuenta de que nunca ha salido del pueblo, y sin embargo no puede evitar preguntarse por qué este clima, el único que conoce, le parece tan extraño.


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