El ‘látigo digital’ nos castiga en el trabajo

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Desde aplicaciones que rastrean la ubicación de un trabajador y sus minutos de descanso (como es el caso de Amazon) hasta relojes inteligentes utilizados en algunos hoteles que vibran si detectan que el personal de limpieza no está al día con los tiempos de preparación de la habitación, la vigilancia digital en el empleo ha entrado en la vida de los trabajadores en los últimos años sin cuestionamientos sociales firmes sobre las posibles consecuencias.

Relojes que miden el tiempo de descanso

Bajo promesas de eficiencia, lo que estamos viviendo en sectores como la logística, la hostelería y los cuidados es el establecimiento de una lógica que prioriza la productividad matemática por encima de la salud física, mental y social. Investigadores como Trevor Scholz, profesor del Centro Berkman Klein de Harvard y autor de Uberworked and Underpaid: How Workers are Disrupting the Digital Economy (Politi, 2017), llevan más de una década condenando este tipo de prácticas, que han sido “prohibidas” por la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (OSHA).

Cuando las herramientas tecnológicas se convierten en un panóptico de presión constante, inevitablemente se convierten en una fuente de estrés y ansiedad crónica para el trabajador. Este cambio de paradigma no es un hecho puramente técnico: cuando un algoritmo decide el ritmo, evalúa el desempeño o elige quién conserva su puesto, los límites de la dignidad humana pueden redefinirse.

Delegar decisiones a sistemas que carecen de conciencia

Como analiza la literatura sobre el “capitalismo de inteligencia artificial”, cada artefacto técnico tiene escritas en su código las decisiones, sesgos y prioridades de quienes lo diseñan.

Además, al confiar decisiones humanas delicadas a sistemas automatizados que carecen de conciencia, surge un hecho social peligroso: la evaporación de la responsabilidad social. El rechazo de quienes realizan las evaluaciones algorítmicas menos justificadas se camufla detrás de una falsa cortina de “objetividad” técnica. Antes de eso, el trabajador no sabe a quién quejarse.

Del tecnofeudalismo a la responsabilidad social

En este escenario, las plataformas digitales y los grandes monopolios orquestan la infraestructura invisible de los valores morales de la sociedad.

Algunos economistas y sociólogos definen nuestra era como “tecnofeudalismo”, donde unas pocas corporaciones acumulan datos, capital informático y una asimetría de poder sin precedentes.

Esta acumulación modifica el contrato de trabajo tradicional. Así, el poder de dirección y control empresarial se difunde a través de ojos invisibles y matemáticos.

Sin embargo, no basta con buscar una solución haciendo referencia a la “ética de las máquinas”. Como lo defiende la legislación laboral moderna, las buenas intenciones no son suficientes: se necesitan marcos legales vinculantes y regulaciones estrictas para proteger los derechos básicos de los trabajadores contra la superioridad estructural del empleador. Las lagunas de la impunidad corporativa no se cierran con declaraciones filosóficas, sino con leyes obligatorias.

Hacia una regulación que establezca límites

Para que la tecnología no destruya el eslabón más débil, la comunidad científica internacional exige una transición inmediata al modelo de “inteligencia artificial responsable”. El marco legal de la Unión Europea ya clasifica estos sistemas según su riesgo y establece siete requisitos técnicos obligatorios para una inteligencia artificial creíble, haciendo hincapié en el control humano, la equidad, la no discriminación y el bienestar social.

Por otro lado, la reciente directiva europea para mejorar las condiciones laborales en las plataformas digitales, que los estados miembros deben implementar a partir de diciembre de este año, prohíbe la recopilación de datos sensibles de los trabajadores, como su estado mental o emocional o conversaciones privadas.

Además, esta ley europea obliga a las empresas a informar a los empleados sobre cómo utilizan el seguimiento automático de su trabajo, así como a analizar el impacto que tiene en los trabajadores.

Contra la incertidumbre algorítmica

Sin embargo, sigue existiendo una brecha preocupante entre la velocidad del desarrollo tecnológico y el ritmo al que están madurando nuestras instituciones y estándares de control sobre este servicio de inteligencia.

Las profesiones dedicadas a la justicia social, como el trabajo social, deben llenar este vacío. Tradicionalmente centrada en las desigualdades materiales, esta disciplina enfrenta hoy el desafío de intervenir frente a nuevas formas de violencia digital e inseguridad algorítmica. Defender los derechos humanos en el siglo XXI significa exigir que los sistemas de inteligencia artificial sean vistos bajo criterios de equidad, transparencia y rendición de cuentas.

La innovación técnica es una de las mayores capacidades de la humanidad, pero debe estar al servicio de la sociedad y del bien común, en lugar de contribuir a la deshumanización del entorno laboral. La posesión de “poder tecnológico” no debería equivaler a la posesión del derecho a gobernar absolutamente la existencia de los trabajadores. Al devolver el control a lo humano, haremos de nuestro entorno digital un espacio verdaderamente habitable, empático, solidario y justo.


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