Aunque normalmente se piensa que Internet es una “nube” intangible, la red global tiene una infraestructura física subyacente. En el fondo del océano hay una compleja red de cables submarinos de fibra óptica que transportan más del 99% del tráfico internacional de datos.
Esta infraestructura soporta las comunicaciones personales y nuestros servicios financieros, comercio electrónico, operaciones logísticas, plataformas digitales, centros de datos, servicios en la nube y hoy también la inteligencia artificial. Cuando hablamos del control de estos cables submarinos, hablamos de soberanía digital, posición geopolítica de los países y seguridad nacional.
En manos de grandes empresas americanas
Actualmente, la gestión de estos cables no recae únicamente en consorcios tradicionales. Los grandes proveedores globales de nube (hyperscalers), como Amazon Web Services (AVS), Microsoft Azure o Google Cloud, utilizan, controlan y financian la infraestructura. Las cinco empresas digitales más grandes han aumentado su participación de menos del 10% de la capacidad utilizada antes de 2012 al 69% en 2021. También poseen y utilizan más del 60% de la capacidad internacional total. Con ello ganan poder estructural sobre la información, afectando la seguridad y soberanía económica de los estados.
Escenario geopolítico submarino
Esta concentración de poder se está desarrollando en el contexto internacional de la guerra híbrida (una estrategia de conflicto que combina el uso de la fuerza militar convencional con métodos no convencionales para desestabilizar al Estado) y el declive del multilateralismo. Los cables submarinos son activos críticos que son vulnerables a amenazas tanto físicas como cibernéticas.
El Comité Internacional de Protección de Cables estima que anualmente ocurren entre 150 y 200 fallas globales, la mayoría de las cuales son accidentales. Sin embargo, la atención estratégica se ha desplazado hacia el riesgo de sabotaje estatal.
Los recientes incidentes en el Mar Báltico, como los daños al gasoducto Balticconnector en 2023 y el corte del cable BCS East-West Interlink en 2024, muestran que el entorno marítimo es propicio para la agresión en la llamada “zona gris”. Frente a estas amenazas, la gobernanza internacional es defectuosa. Los informes de UNIDIR destacan que la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS) es actualmente insuficiente para abordar de manera integral la ciberseguridad y las cadenas de suministro.
Además, hay desacuerdos dentro de la OTAN: mientras los Estados bálticos buscan ampliar la jurisdicción de los países costeros, potencias como Estados Unidos, Francia y el Reino Unido se oponen a restricciones a la libertad de navegación para proteger su propia industria de tendido de cables.
Fuera del Eje de la Democracia
Para el Sur Global y bloques emergentes como los BRICS, la concentración de cables en manos de gigantes tecnológicos bajo jurisdicción estadounidense no es una garantía de seguridad, sino más bien un vector de dependencia económica y potencial espionaje digital.
Esta desconfianza ha acelerado la fragmentación de la infraestructura física de Internet. A través de la llamada Ruta de la Seda Digital, China está financiando y desplegando activamente sus propias redes submarinas de fibra óptica a través de empresas nacionales, buscando eludir los tradicionales puntos de control occidentales. De esta manera, el fondo del océano deja de ser un simple teatro de defensa para Occidente y se convierte en un tablero de ajedrez multipolar, donde comienza la carrera por construir arquitecturas de redes físicas ideológicamente separadas.
En el contexto de tensiones, la infraestructura digital restablece el lugar central del territorio en la organización del poder global. Esta dimensión requiere identificar qué países ocupan posiciones estratégicas dentro de la arquitectura física de Internet.
Países estratégicos
España, Egipto, Singapur, Yibuti, Brasil, Chile, Sudáfrica, Australia y algunos estados insulares no sólo son relevantes por su conectividad nacional, sino también por su función como nodos, corredores o puntos de vulnerabilidad dentro de redes transregionales.
La posición geográfica de España, en particular, representa un activo estratégico de gran importancia. Su posición geográfica entre el Atlántico, el Mediterráneo, Europa, África y América Latina lo convierte en un punto privilegiado para la interconexión de cables submarinos, centros de datos, servicios en la nube, flujos internacionales de información y la protección de infraestructuras físicas que soportan la conectividad transatlántica.
La misma lógica se ve en América Latina, donde la estrategia de Chile de diversificar su conectividad geopolítica a través del cable Humboldt, la primera ruta directa entre América del Sur y Oceanía en asociación igualitaria con Google, y el papel de Brasil en el establecimiento de centros neurálgicos de conectividad como Fortaleza, ilustran cómo el sur global busca gestionar la influencia de la infraestructura privada.
Dos condiciones geográficas aumentan o disminuyen la vulnerabilidad de la conectividad digital: la concentración o dispersión de los puntos de aterrizaje de cables submarinos y la cantidad de vías que posteriormente existen en tierra para mover datos. Si hay pocos caminos, el riesgo aumenta; Si hay varios caminos alternativos, la resiliencia aumenta. Si el tráfico intercontinental se concentra en unos pocos puntos vulnerables o si las conexiones terrestres tienen rutas poco diversificadas, la seguridad de todo el continente está amenazada.
La soberanía digital no puede limitarse a debates abstractos sobre el control regulatorio de las plataformas. Según las últimas directrices de la Declaración UIT-ICPC de 2025, una gestión eficaz depende de tres capacidades operativas: identificar con precisión los activos críticos, mantener la diversidad geográfica en los sitios de atraque y contar con protocolos de reparación ágiles.
Reconocer la competencia submarina y regular la dependencia del poder infraestructural de Amazon, Google, Meta y Microsoft es un paso fundamental para evitar que la infraestructura física de Internet se convierta en una vulnerabilidad crítica para las democracias.
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