En la Edad de Oro, las mujeres ya recibían imágenes no deseadas de penes.

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Las redes sociales han multiplicado las formas de contacto entre desconocidos. También ampliaron las posibilidades de acoso. Si el exhibicionismo clásico tenía como icono a un hombre con abrigo, hoy una de sus manifestaciones más habituales es el llamado ciberflash: el envío de imágenes sexuales no deseadas -en su mayoría fotografías de genitales masculinos- a través de redes sociales, aplicaciones de mensajería o plataformas de citas.

Aunque pueda parecer un fenómeno típicamente digital, la lógica que hay detrás no es nueva. La literatura del Siglo de Oro español ofrece ya un escenario que, leído desde el presente, resulta sorprendentemente cercano.

Un soneto anónimo del Siglo de Oro

En el soneto anónimo “De una dama que estaba en el balcón”, atribuido a Francisco de Quevedo, una mujer observa desde un balcón mientras un campesino la mira fijamente desde la calle. Ella, al notar su actitud, le pregunta qué le pasa. Él responde sin rodeos que se excitó al ver su pierna.

La señora lo despide con una fórmula proverbial que marca claramente la línea entre contemplación y posesión: “Esto, hermano, no es más que ver y desear el fruto. Un dicho o frase condenatoria con un significado similar sería ‘lo verás, pero no lo probarás'”. O, más simplemente, “miras, pero no tocas”.

La escena podría haber terminado ahí, como un episodio de galantería frustrada, pero el estafador, molesto por el rechazo, responde con la exposición indecente de sus genitales y finaliza el gesto con un insulto a la mujer: “¡Pues mira y desea, puta!”.

Sospecha de una mujer visible

Para comprender plenamente el episodio es necesario situarlo en su contexto. La Mujer de la Ventana fue una realidad cultural del Siglo de Oro, como se refleja en el cuadro de Bartolomeo Esteban Murillo Mujer en la Ventana (1665-1675), que luego Francisco de Goya recrearía en Maya y Celestina en el Balcón (1812) y Mayas en el Balcón (1808-1814).

Mujeres en la ventana, Bartolomé Esteban Murillo. Galería Nacional de Arte (Estados Unidos de América)

En aquella época existían refranes que asociaban mirar por ventanas y porches con la coquetería o la provocación: “Chica de la ventana, costurera”, “Chica de la ventana, nunca se casa”, “Chica de la ventana, busca a otra que la ame”, “La mujer que mira constantemente por la ventana, quiere vender barato o, directamente, dónde, lejos, dónde, ‘una chica engreída o propensa a entretenimientos inmorales’).

La ventana constituía un espacio ambiguo: permitía a la mujer ver el exterior sin salir del ámbito doméstico, pero al mismo tiempo exponía su imagen a la mirada masculina. Esa sola visibilidad bastaba para despertar sospechas: la mujer se convertía en objeto de deseo, pero también de condena moral. La atención se centra así en su comportamiento (estar en el balcón, ser visto), mientras que la reacción del hombre suele interpretarse como una consecuencia casi natural de esta supuesta provocación.

Del balcón a un mensaje privado

Cuatro siglos después, la mampara fue sustituida por el balcón. Muchas mujeres reciben en sus mensajes privados imágenes sexuales enviadas por desconocidos sin solicitarlo ni consentirlo. El “hombre del abrigo” ya no se esconde en callejones oscuros, sino en las profundidades de Internet. Favorecido por el anonimato y la sensación de impunidad que ofrece el entorno digital, el cyber-flashing extiende la misma lógica del rush obsceno: la presencia física ya no es necesaria para invadir el espacio íntimo de otra persona, sólo una pantalla es suficiente.

Ahora, aunque el entorno ha cambiado, se mantiene la misma lógica: la presencia pública de una mujer se entiende como un indicador de disponibilidad. Un perfil de redes sociales, una foto o una mínima interacción pueden leerse como una invitación. Cuando no se cumple esa expectativa, la respuesta puede tomar la forma de acoso verbal, insultos o exhibición indecente.

No es un noviazgo, sino una imposición.

El ciberflashing a menudo se trivializa como una forma incómoda de coquetear. Sin embargo, su significado es muy diferente. Enviar una imagen sexual no solicitada no es lo mismo que iniciar una conversación, sino invadir el espacio visual de otra persona sin su consentimiento.

En el soneto atribuido a Keved, el gesto del granjero deja claro que no se trata de un intento de seducción, sino de una respuesta agresiva y humillante al rechazo. Algo similar parece estar sucediendo hoy. Quienes envían imágenes sexuales no deseadas muchas veces no quieren establecer una conexión emocional o erótica con el destinatario. En muchos casos, anticipan (e incluso buscan específicamente) una reacción negativa, lo que acerca este comportamiento al acoso que al cortejo. Algunas investigaciones lo vinculan, de hecho, con los rasgos de la llamada tríada oscura de la personalidad: narcisismo, maquiavelismo y psicopatía.

Lo que revela el poema

La literatura refleja escenas que revelan la persistencia de determinadas conductas. Un soneto atribuido a Francisco de Quevedo demuestra claramente una lógica que sigue siendo reconocible: la confusión entre visibilidad y disponibilidad, iniciativa sexual no deseada y reacciones agresivas a los límites establecidos por las mujeres.

Cuatro siglos separan ese balcón barroco de los mensajes privados de Instagram o Tinder. La tecnología ha cambiado; pero ciertas formas de entender el deseo y el rechazo, no tanto.

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