Noches que matan: cuando el calor no da tregua aunque se ponga el sol

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Mientras dormíamos estos últimos días los termómetros en Almería marcaban 30 grados. No era temperatura de mediodía: era mínima nocturna, algo inédito en la historia meteorológica española. La AEMET confirmó que las noches del 22 y 23 de junio de 2026 fueron las más cálidas del mes de junio registrado, con medias mínimas peninsulares de 20 °C, y que las del 22 y 23 superaron la media histórica con una anomalía de 7,1 °C. En España, estimamos ya 4.217 muertes atribuibles al calor en junio (1.209 por calor extremo y 3.008 por calor moderado) hasta el 29 de junio, según nuestro seguimiento.

Lo que ilustran estos datos no es sólo el calor extremo durante el día: también es la falta de recuperación durante la noche. Y eso es exactamente lo que un reciente estudio publicado en Environment International cuantificó por primera vez a escala global.

Diez valores máximos de temperatura máxima, mínima y media para el mes de junio entre 1950 y 2026 en la España Peninsular. AEMET El calor nocturno tiene su propia firma de riesgo

La investigación, liderada por la Misión Biológica de Galicia (CSIC) en colaboración con la red internacional MCC (Multi-Country Multi-City), analizó más de 14 millones de muertes en 178 ciudades de 44 países entre 1990 y 2018. El objetivo era resolver la cuestión de si la epidemiología ha dejado el calor o simplemente está el tiempo en espera: ¿es el calor o la noche en espera?

La respuesta es clara. Incluso controlando estadísticamente la temperatura máxima diurna (es decir, descartando que el efecto se deba únicamente al calor diurno acumulado), el exceso de calor nocturno se asoció de forma independiente con un mayor riesgo de muerte. En noches de exceso de calor extremo, el riesgo de morir aumenta un 2,6% en comparación con las noches sin estrés por calor. Un aumento modesto en apariencia, pero consistente en todos los climas y regiones del mundo.

El estudio utilizó dos índices basados ​​en datos horarios en lugar de la temperatura mínima diaria, que suele registrarse al amanecer y no refleja bien lo que ocurre durante las horas de sueño. El primero mide el exceso de calor nocturno (la suma de grados extra durante la noche por encima del umbral ajustado para cada ciudad). El segundo mide la duración (porcentaje de horas nocturnas en las que se supera este umbral).

Impacto en la salud

La biología detrás de estos números es coherente. La noche es el momento en que el cuerpo repara el daño causado por el calor durante el día, reduce el ritmo cardíaco, fortalece el sistema inmunológico y regula los ritmos circadianos. Cuando la temperatura no baja, este proceso de recuperación se interrumpe o se degrada.

El calor nocturno cambia la arquitectura del sueño: reduce los movimientos oculares rápidos (REM) y el sueño profundo de ondas lentas, aumenta la vigilia y eleva la temperatura central. El resultado no es sólo fatiga: es una mayor tensión en el sistema cardiovascular, cambios en la variabilidad del ritmo cardíaco, cambios en los lípidos en sangre y, en personas susceptibles, un riesgo real de ataque cardíaco, accidente cerebrovascular o insuficiencia renal. Investigaciones recientes han relacionado las noches cálidas con una mayor mortalidad por paro cardíaco repentino y demencia.

El estudio identificó además que el mayor impacto se concentró en las primeras 24 horas después de la exposición y el día siguiente, y los efectos desaparecieron al tercer o cuarto día, lo que sugiere un mecanismo agudo en lugar de un efecto de desgaste acumulativo lento.

Europa meridional y Asia occidental: los más expuestos

No todos los lugares son igualmente vulnerables. Los resultados muestran que el efecto es mayor en el sur de Europa y Asia occidental (2,5%). En el norte de Europa se encontró una mortalidad nocturna más baja, probablemente porque los umbrales de calor nocturno se alcanzan con mucha menos frecuencia.

En España, un análisis a nivel de ciudades revela un patrón geográfico muy claro: el mayor aumento de la mortalidad por exceso de calor nocturno se concentra en las ciudades del interior peninsular. Granada (3,56%), Madrid (3,45%), Córdoba (3,44%) y Badajoz (3,18%) lideran el ranking nacional, seguidas de Ciudad Real (3,00%) y Toledo (2,92%).

En cuanto a la duración de la noche, Córdoba lidera con un 2,47%, seguida de Granada (2,26%) y Sevilla (1,93%): en estas ciudades la temperatura supera el umbral durante toda la noche. Las ciudades de la costa mediterránea y cantábrica tienen un incremento menor pero igualmente significativo: Barcelona (0,56%), Alicante (0,55%) o Almería (0,46%). El valor relativamente bajo de Almería refleja que su umbral de aclimatación ya es muy alto y las 70 horas por encima de los 30 °C registradas la semana pasada suponen una situación sin precedentes incluso para una ciudad sometida al calor.

La Península Ibérica combina también un parque de viviendas con baja eficiencia energética, un envejecimiento de la población y la intensificación del calor urbano que hace que estos episodios sean más frecuentes e intensos.

Problema nocturno de las zonas urbanas

Las ciudades atrapan el calor durante el día en aceras, edificios y actividades humanas, y lo liberan por la noche en forma de radiación de onda larga. La isla de calor urbana -esa diferencia de temperatura entre el centro de la ciudad y su entorno rural- se manifiesta especialmente de noche, cuando el campo ya se ha enfriado y la ciudad todavía hace calor.

En ciudades mediterráneas como Barcelona, ​​Madrid o Valencia, esta diferencia puede superar los 5-7 °C durante las noches de verano. Lo que una estación meteorológica de un aeropuerto considera una mínima de 27 °C puede ser una temperatura de 30 °C o más en un centro urbano denso, con calles estrechas, escasa vegetación y edificios de hormigón que acumulan calor.

El problema se agrava porque las posibilidades de adaptación durante la noche son más limitadas que durante el día. Durante el día puedes buscar sombra, reducir la actividad o entrar en un edificio con calefacción. Por la noche, abrir las ventanas, la estrategia más básica y asequible, deja de funcionar cuando hace tanto calor afuera como adentro. En estas condiciones, el aire acondicionado se convierte en la única solución eficaz, pero su uso masivo genera más calor residual en la ciudad y consume energía que no todo el mundo puede permitirse.

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Personaliza ciudades para hacer habitable la noche

Los resultados de este estudio tienen implicaciones directas para el diseño urbano y las políticas de salud pública. El calor nocturno requiere un enfoque adaptativo diferente al del calor diurno.

En lo que respecta a las infraestructuras urbanas, las medidas más eficaces para reducir el calor nocturno en las ciudades son el aumento de la vegetación -especialmente los árboles de gran tamaño, que crean sombra durante el día y reducen la temperatura de radiación durante la noche-, el aumento de las superficies de agua y, sobre todo, la reducción de superficies impermeables que absorben el calor durante el día. Los estudios epidemiológicos europeos han demostrado que las ciudades con más vegetación tienen una menor mortalidad relacionada con el calor.

Además: hemos identificado los árboles que funcionan mejor para enfriar las ciudades.

Los refugios climáticos también están ganando importancia: espacios públicos con aire acondicionado o naturalmente frescos (bibliotecas, centros cívicos, parques con frondosos árboles, piscinas) que ofrecen un lugar para pasar las horas más críticas. Pero para ser eficaz en un contexto nocturno, el desafío es mayor: habría que pensar en refugios que funcionen de noche para las personas más vulnerables -personas mayores solas, sin aire acondicionado en casa-, algo que los actuales sistemas de alerta y respuesta apenas consideran.

Este es precisamente uno de los principales mensajes del estudio: los planes para prevenir olas de calor siguen centrándose en las temperaturas máximas diarias. Los sistemas de alerta, mensajes de salud pública y protocolos de emergencia se activan cuando el día hace mucho calor. Pero si la noche no es fría, el riesgo persiste e incluso se acumula. El índice de calor nocturno propuesto en esta investigación podría integrarse en los sistemas de vigilancia existentes (como el índice Kairos utilizado por el Ministerio de Salud en España) para desencadenar respuestas específicas cuando las noches sean peligrosamente cálidas.

que viene

La tendencia es inconfundible. Desde 1961, las temperaturas mínimas de verano en España han aumentado dos grados, lo que supone ya un aumento del número de noches tropicales -con mínimas superiores a los 20 °C- en casi todas las capitales. Con el cambio climático, las proyecciones son aún más preocupantes: escenarios de calentamiento global de 1,5 °C y 2 °C se convertirán en episodios habituales que hoy son excepcionales. Barcelona, ​​por ejemplo, podría tener hasta 4 meses al año con noches tropicales a finales de siglo en el escenario más pesimista, la mitad de las cuales calurosas.

Gráfico que muestra el aumento de los días de ola de calor en España entre 1975 y 2025.

Número de días de ola de calor en España entre 1975 y 2025. AEMET

El estudio también deja abierta una cuestión para futuras investigaciones: aún no sabemos si es más perjudicial pasar toda la noche en un calor moderado o parte de la noche en un calor muy intenso. La duración y la intensidad del estrés nocturno pueden tener diferentes efectos fisiológicos, y una mejor comprensión de ellos ayudará a diseñar índices más precisos y advertencias más efectivas.

Mientras tanto, las pruebas disponibles ya son suficientes para actuar. El calor de la noche mata. No como consecuencia del calor diario, sino con un aporte propio e independiente. Y las ciudades del sur de Europa, con su infraestructura obsoleta y su población que envejece, están particularmente en riesgo. La noche ya no es un descanso como antes.


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