Ocho formas de mejorar la gestión del riesgo de incendios que salvan vidas

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Mientras las llamas se extendían hacia el pueblo de Bedar, en la provincia de Almería, Andalucía, el alcalde dio una orden desesperada de tocar las campanas de la iglesia para advertir a los residentes. No fue suficiente. El incendio de Los Gallardos del 9 de julio, que se cobró 13 vidas y quemó 7.000 hectáreas, fue el tercer mayor incendio registrado en España.

La mayoría de las víctimas eran extranjeros jubilados que vivían en casas aisladas, que murieron atrapados en sus vehículos o huyendo a pie por caminos sin salida en un paisaje dominado por matorrales y terrenos accidentados, muchos de los cuales son de difícil acceso.

Las altas temperaturas y el clima extremadamente seco convierten los matorrales, la hierba y los arbustos en combustible altamente inflamable. Esto, combinado con un terreno complejo que hace que el fuego se propague más rápido e impredecible, plantea un enorme desafío para los esfuerzos de extinción.

La legislación andaluza exige planes locales de emergencia para incendios forestales en zonas de alto riesgo y planes de autoprotección para edificaciones aisladas y zonas residenciales. Sin embargo, existe un problema generalizado con el cumplimiento y la implementación de estas medidas.

Los fuegos están cambiando

El desastre de Los Galardos muestra que, a menos que adoptemos medidas decisivas y efectivas que vayan más allá del paradigma dominante actual de simplemente apagar incendios y contraatacar, este problema sólo empeorará.

Dónde, cuándo y cómo comienzan los incendios está cambiando. Los incendios forestales altamente destructivos están aumentando y las viviendas se están expandiendo en la interfaz urbano-bosque. Esto expone más hogares al fuego y el riesgo aumenta más rápidamente en matorrales y pastizales, que generalmente no están asociados con el riesgo de incendio.

Este es un gran problema para las comunidades que no saben cómo responder a un riesgo al que no han estado expuestas con frecuencia. Por lo tanto, necesitamos repensar urgentemente cómo se gestiona el riesgo de incendio.

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Mejora de la resistencia al fuego.

Es insostenible reaccionar sólo después de que se haya producido el desastre. Lo que necesitamos son estrategias basadas en la preparación, la mitigación y la adaptación. Los siguientes ocho puntos son particularmente importantes para lograrlo.

1. Gestionar la vulnerabilidad social

Los incendios forestales exacerban las vulnerabilidades sociales existentes que afectan la capacidad de las personas para anticiparlos, afrontarlos, resistirlos y recuperarse de ellos. En las zonas de alto riesgo, la población puede estar compuesta por personas mayores, personas que viven solas en hogares aislados, con limitaciones financieras o que no conocen bien el área local.

Los incendios también representan una amenaza para las economías locales. Las empresas –incluidas las que proporcionan infraestructura y servicios públicos– pueden ser vulnerables por diversas razones, incluidos los objetos inflamables, su ubicación o las interrupciones en las cadenas de suministro, los servicios esenciales y la movilidad del personal.

Una planificación específica puede identificar y abordar todas estas vulnerabilidades.

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2. Adoptar soluciones basadas en la naturaleza

Las soluciones basadas en la naturaleza no están completamente integradas en la gestión del riesgo de incendios, aunque están ampliamente reconocidas como partes esenciales de la adaptación al cambio climático y la restauración de la naturaleza.

Las soluciones basadas en la naturaleza incluyen el pastoreo controlado, la creación de hábitats menos inflamables, cortafuegos verdes y la restauración de tuberías de agua para aumentar la humedad ambiental y crear áreas que ralenticen la propagación del fuego. Estas medidas también aportan muchos beneficios adicionales para la población local y la economía.

3. Crear (y actualizar) planes de emergencia, autoprotección y formación

Las autoridades locales deben desarrollar planes de emergencia a los que el público pueda acceder. Los pisos unifamiliares y las urbanizaciones deberán disponer de sus propios planos armonizados. Los planes deben incluir bocas de incendio y puntos de suministro de agua, sistemas de alerta accesibles, rutas de acceso y evacuación y protocolos para personas vulnerables.

Pero los planes por sí solos no son suficientes sin formación. También es necesario contar con programas continuos, adaptados a cada comunidad, que capaciten a las personas para mantener seguros sus hogares y sus alrededores, les presenten lugares de reunión y refugios y les enseñen la diferencia entre encierro y evacuación.

Los ejercicios son esenciales. La evacuación no es lo mismo que el escape, y se debe planificar y practicar la respuesta de emergencia.

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4. Promover la acción colectiva

La reducción del riesgo es más eficaz cuando se realiza en la comunidad, ya que aumenta la resiliencia colectiva general. Esto significa que las autoridades públicas, las organizaciones comunitarias y los sectores público y privado deben trabajar juntos.

El público también debería participar activamente en el desarrollo de planes de emergencia. Esto genera legitimidad, mejora la capacidad de respuesta a incendios y fomenta la confianza y un sentido de responsabilidad compartida para la prevención de incendios.

5. Promover una gestión integrada y coordinada

La gestión del riesgo de incendios no puede ser responsabilidad exclusiva de los servicios forestales o contra incendios: se necesita un sistema integrado. Todas las agencias que operan en el área deben tener en cuenta el riesgo de incendio al tomar decisiones.

En la práctica, esto significa evitar nuevas construcciones y establecer códigos de construcción especiales en áreas de alto riesgo, crear zonas de amortiguamiento entre diferentes usos del suelo y promover usos que ayuden a mantener paisajes resistentes al fuego.

6. Fomentar la gestión de riesgos

Se pueden utilizar herramientas económicas y conocimientos de comportamiento para hacer que las medidas de autoprotección y la gestión de la tierra sean las opciones más fáciles y rentables. Esto incluye indicaciones: intervenciones diseñadas para alentar, pero no obligar, a las personas a tomar ciertas decisiones.

Un ejemplo de esto son los pagos por servicios ambientales, que incentivan financieramente prácticas de gestión de la tierra que reducen el riesgo de incendios.

El papel de los seguros también está evolucionando en relación con los riesgos naturales y climáticos. Los instrumentos se diseñan en base a un modelo proactivo que fomenta el comportamiento individual y colectivo para reducir el riesgo.

7. Mejorar los sistemas de vigilancia y alerta temprana

Es esencial disponer de información actualizada sobre la evolución de los incendios. Los sistemas de monitoreo en tiempo real, sensores, imágenes satelitales, modelos predictivos del comportamiento de los incendios y aplicaciones de alerta que brindan información detallada pueden mejorar las capacidades de respuesta y permitir evacuaciones más seguras. Integrar estas herramientas en los planes de gestión locales es una inversión necesaria.

8. Fomentar las inversiones públicas y privadas en preparación a largo plazo.

Las inversiones en prevención y preparación generan importantes beneficios. Las crecientes demandas –tanto regulatorias como voluntarias– para que el sector privado divulgue información sobre los riesgos y dependencias relacionados con la naturaleza están generando una nueva demanda de productos de inversión (créditos de carbono y biodiversidad, bancos de hábitat, bonos de impacto ambiental, etc.).

Esta creciente inversión privada debe dirigirse ahora hacia medidas que fortalezcan la resiliencia de las personas y los paisajes ante los incendios. Esto es un complemento, no un reemplazo, de la inversión pública.

El incendio de Los Galardos sirve como recordatorio de que debemos cambiar fundamentalmente la forma en que entendemos y gestionamos el riesgo de incendio. Invertir en preparación y planificación coordinada entre las autoridades públicas, el sector privado y el público en general podría ser la clave para garantizar que, en caso de que vuelvan a sonar las alarmas, la población esté preparada para responder.


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