¿Por qué hubo saqueos después del terremoto en Venezuela? Entrando en la escena de la paradoja del caos

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Las imágenes que siguen a un desastre natural suelen seguir dos pistas emocionales opuestas. Por un lado, el shock de la destrucción física y el dolor humano. Por otro lado, historias de solidaridad espontánea, donde vecinos y extraños arriesgan sus vidas para retirar restos y cooperar en la recolección y donación de insumos médicos, alimentos, ropa, etc.

Sin embargo, los recientes terremotos en Venezuela también demuestran una realidad desagradable pero recurrente: mientras la gran mayoría se organiza para cooperar, un pequeño porcentaje de la población aprovecha el cambio de orden social para delinquir.

¿Qué lleva a un individuo a robar un negocio arruinado o las escasas posesiones de una familia dañada en momentos de extrema vulnerabilidad? Ésta es la pregunta que intentamos responder en este artículo.

La oportunidad convierte al delincuente: una teoría de las actividades rutinarias.

Desde una perspectiva criminológica, el aumento del comportamiento criminal después de un desastre como el terremoto de Venezuela no se explica necesariamente por una “repentina epidemia del mal”, sino más bien por un cambio drástico en el entorno. El modelo ideal para analizar este fenómeno es la teoría de las actividades rutinarias, formulada por los criminólogos Lawrence Cohen y Marcus Felson en 1979.

Esta teoría afirma que para que se produzca un delito deben coincidir en el tiempo y el espacio tres elementos esenciales:

Un delincuente motivado.

Un objetivo que vale la pena y asequible.

Ausencia de tutor efectivo.

En condiciones normales, la sociedad tiene una serie de controles sociales: alarmas, policía, alumbrado público y su propia vigilancia vecinal (control social informal). Un desastre natural destruye instantáneamente esta infraestructura de seguridad. Los sistemas eléctricos colapsan, las fuerzas de seguridad se ven desbordadas con las tareas de rescate y las casas quedan desprotegidas o con accesos interrumpidos.

Para el delincuente instrumental, el desastre elimina las barreras de riesgo y maximiza las ganancias. Como señalaron los investigadores Marcus Felson y Ronald W. Clark en 1998, la oportunidad convierte al ladrón: un espacio público previamente regulado se convierte temporalmente en un escenario de total impunidad.

Esta premisa se hizo evidente en el caso de Venezuela, donde el oportunismo criminal recurrió al saqueo de bienes no esenciales de las empresas (como televisores y lavadoras) y a la irrupción en viviendas destruidas con el único propósito de robar dinero.

Necesidad versus oportunismo: la mente criminal en el caos

Es necesario que la psicología social trace una línea clara entre dos conductas que muchas veces se confunden bajo la etiqueta genérica de robo. Los sociólogos del comportamiento ante catástrofes, como Enrico L. Quarantels, destacaron la necesidad de clasificar estos comportamientos según su motivación real.

Por un lado, el saqueo para sobrevivir ocurre cuando la ruptura de las cadenas de suministro priva a una población de agua potable, alimentos o medicinas. Aquí, el comportamiento está motivado por la urgencia biológica y la autoconservación. El valor moral de la propiedad privada queda psicológicamente suspendido en favor del derecho a la vida.

Y hablamos de robo oportunista -o delito instrumental- cuando se roban bienes de lujo, dinero, electrodomésticos u objetos que no satisfacen las necesidades inmediatas de la vida. Este robo no pretende aliviar el dolor de la tragedia, sino más bien explotar el acontecimiento para obtener beneficios económicos o materiales.

¿Cómo procesa esta acción la mente de un criminal oportunista?

En situaciones de colapso, los frenos inhibidores sociales se rompen. Los seres humanos regulamos nuestro comportamiento principalmente por expectativas grupales. Cuando el entorno social está fragmentado y prevalece la confusión, la percepción de la norma se debilita.

A esto se suma el mecanismo de desconexión moral, que se produce cuando un delincuente oportunista recurre a la justificación moral (“Si no atrapo, otro lo hará”) o a la difusión de responsabilidad (“Todos corren y roban”). Estas distorsiones cognitivas actúan como un anestésico de la culpa, permitiendo al individuo cometer un acto que, en condiciones normales, probablemente condenaría.

El mito del pánico masivo y el peligro de la revictimización

Existe un sesgo arraigado en la cultura popular (alimentado principalmente por las películas de desastres) de que los desastres naturales transforman automáticamente las sociedades en escenarios bárbaros al estilo de la saga Mad Max. La psicología de desastres refuta decisivamente esta premisa.

La investigación sociológica e histórica muestra consistentemente que la norma general después de un desastre es el comportamiento prosocial, el altruismo y la resiliencia comunitaria. Los vínculos de cooperación suelen estrecharse inmediatamente. Los individuos que deciden aprovechar la tragedia representan una minoría estadística muy pequeña.

Esto se observó en el caso de Venezuela, donde la población civil se movilizó para apoyar a los afectados por el terremoto, compensando las limitaciones de la respuesta estatal.

Sin embargo, la influencia de esta minoría es asimétrica y profunda. La delincuencia en el contexto de un desastre produce un grave fenómeno de revictimización. Para una comunidad que acaba de perder su patrimonio físico o a sus seres queridos, sufrir un robo o un acto de violencia no es sólo una pérdida material: es la destrucción de su último bastión de seguridad psicológica.

Este impacto socava la confianza institucional y social, lo que dificulta los procesos posteriores de reconstrucción psicológica y comunitaria. Y, con la participación de miembros de las fuerzas y órganos de seguridad del Estado en este tipo de conductas delictivas, se genera un mayor impacto social y psicológico en la población afectada.

Conclusión: hacia la gestión de emergencias con enfoque conductual

El estudio de caso de Venezuela nos recuerda que la gestión de desastres naturales no puede limitarse a la atención médica y la logística de rescate. Las estrategias de mitigación deben integrar una comprensión del comportamiento humano y los factores criminológicos propicios.

Restaurar el alumbrado público como prioridad, realizar patrullas de disuasión en áreas residenciales evacuadas y asegurar perímetros comerciales y residenciales vulnerables son medidas situacionales de prevención del delito que son importantes para la salud de una sociedad herida al tiempo que se brinda asistencia humanitaria.

Comprender la ciencia detrás de los delitos de crisis es el primer paso para proteger no sólo las estructuras físicas, sino también el tejido moral de la población afectada.


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