Los terremotos del 24 de junio dejaron a Venezuela de luto. Los números son aterradores. Es difícil escribir, a veces cuesta respirar. En menos de dos semanas, los venezolanos hemos aprendido que un punto en la escala de Richter implica 32 veces el poder destructivo de nuestro anterior gran referente sísmico: el terremoto del 29 de julio de 1967.
Las imágenes del desastre 59 años después son absolutamente demoledoras. Su número es aún mayor: cientos de edificios derrumbados, carreteras rotas, miles de familias buscando a sus desaparecidos. Para agravar la tragedia, quedó expuesto un Estado indolente e incompetente que abandonó su responsabilidad de proteger a los ciudadanos.
La roca ciudadana
“Un hombre sabio construyó su casa sobre una roca”.
(Mateo 7, 24)
El doble terremoto de Jovanjdan puso a prueba no sólo la infraestructura del país, sino también la fortaleza de su tejido social. Casi al mismo tiempo que llegaron las primeras imágenes de la destrucción, surgieron imágenes muy diferentes: ingenieros que se ofrecieron a evaluar las viviendas de forma gratuita, médicos y psicólogos que organizaron atención voluntaria, empresas que proporcionaron maquinaria pesada para retirar los escombros, iglesias que instalaron refugios improvisados, universidades que coordinaron brigadas de socorro y comedores comunitarios que surgieron en cuestión de horas.
Han aparecido en línea más iniciativas conjuntas para evaluar los daños a las infraestructuras, buscar personas desaparecidas, localizar mascotas u ofrecer horas de voluntariado. Asimismo, desde Madrid, Bogotá, Miami, Lima o Buenos Aires, los emigrantes venezolanos han organizado campañas para ayudar a personas que probablemente nunca conocerían.
Pensadores del capital social
El filósofo y político liberal francés Alexis de Tocqueville habría reconocido este paisaje inmediatamente. Hace casi dos siglos quedó fascinado por el fenómeno de la asociatividad en Estados Unidos. En su libro Democracia en América (1835), argumentó que la vitalidad de la democracia estadounidense se debía en gran medida al hábito de los ciudadanos de formar asociaciones voluntarias (religiosas, cívicas, políticas, recreativas) para resolver problemas comunes.
Según Tocqueville, la fuerza de la democracia no está sólo en sus instituciones formales, sino en la capacidad de sus ciudadanos para asociarse libremente y resolver colectivamente problemas sociales.
Muchas décadas después, Robert Putnam tomaría la misma idea y la popularizaría bajo el concepto de capital social (1993). Las conexiones entre las personas, las redes comunitarias y las normas de reciprocidad y confianza que surgen de ellas son fundamentales para el buen funcionamiento de las democracias, las economías y las sociedades. Lo ocurrido en Venezuela durante estas semanas es una muy buena demostración contemporánea de esa idea.
capital social venezolano
Con el caos provocado por el doblete sísmico se vio cómo, mientras el aparato estatal venezolano mostraba enormes limitaciones en respuesta, la sociedad civil respondía con sorprendente rapidez y eficiencia. Miles de voluntarios comenzaron a actuar sin esperar instrucciones.
Por supuesto, las miserias también aparecen en la tragedia. Hemos visto corrupción, especulación, abusos de todo tipo, violencia sexual y criminalidad. Los desastres no sólo producen héroes. Pero las sociedades no son juzgadas por sus patologías, sino por su comportamiento dominante. Y lo que prevaleció en Venezuela fue la cooperación, la confianza y la solidaridad.
La reconstrucción posterior al desastre no debe limitarse a la infraestructura física, sino también aprovechar la oportunidad para construir una nueva arquitectura institucional. Y para que sea permanente debe construirse sobre la roca más fuerte que esta tragedia ha dejado al descubierto: el capital social de los venezolanos.
Hay una razón por la cual la confianza de los venezolanos hoy descansa mucho más en la sociedad civil que en el Estado. Los datos de Venezuela de una encuesta regional realizada entre el 26 y el 30 de junio sobre evaluación del gobierno, riesgo político, polarización y confianza ciudadana muestran que la confianza de Venezuela reside principalmente en su sociedad civil y sus organismos de respuesta a emergencias, mientras que las instituciones políticas tradicionales enfrentan una importante crisis de legitimidad.
Esta información es particularmente significativa después de casi tres décadas de un proyecto político que intentó reemplazar los lazos horizontales de solidaridad con relaciones verticales de clientelismo y dependencia del Estado.
Confiable
El mapa de confianza de los venezolanos muestra el claro liderazgo de la sociedad civil. Los actores con mayor grado de confianza son los médicos y el personal de salud, seguidos de los bomberos y las empresas del sector privado.
También gozan de la mayoría de la confianza las organizaciones no gubernamentales, fundaciones y entidades religiosas, que en los primeros días después de la tragedia se impusieron como mediadores clave para una distribución eficiente y fiable de la ayuda.
El contraste es enorme con los resultados obtenidos por el Gobierno: el 53% de los encuestados lo califica como “muy malo”. Estos datos sugieren que la seguridad de la reconstrucción no debería depender de los esquemas militares y estatales que se han desarrollado en los últimos tiempos ni de la nueva arquitectura civil y cívica.
Captura de pantalla en AM. se necesita dinero
Ninguna arquitectura institucional será suficiente si Venezuela no logra atraer inversores para financiar su recuperación. Para el consultor político estadounidense Joe Napolitano, los factores que más valoran los inversores son la estabilidad política y el gobierno democrático. La reconstrucción física requiere capital financiero, pero sólo llegará si se consolidan reglas claras, con seguridad jurídica y paz social.
La reconstrucción también depende de la posibilidad de activar redes de cooperación global. La percepción que los ciudadanos tienen de los actores internacionales define un camino claro para las alianzas. El gobierno de Estados Unidos lidera las expectativas de apoyo (75%), seguido de organizaciones no gubernamentales internacionales (63%) y la Unión Europea (59%). Este bloque se percibe como una garantía financiera y técnica necesaria para grandes proyectos.
En relación a las relaciones regionales, hay un claro apoyo a la cooperación con los gobiernos de Colombia (55%) y Brasil (47%), lo que refuerza la idea de reconstrucción con un enfoque integrador en la región. Sin embargo, el rechazo a las alianzas ideológicas es claro, mostrando el menor nivel de confianza en China (39%), Rusia (32%), Irán (27%) y Cuba (26%).

Captura de pantalla en AM.
Estos datos confirman que cualquier propuesta de reconstrucción nacional debe incluir a la sociedad civil y al sector privado como principales impulsores. No puede ser un organismo controlado por los dirigentes militares o políticos porque carecen de la confianza necesaria para movilizar recursos y voluntad. La reconstrucción nacional no puede ser un regreso al pasado, sino la creación de un marco institucional basado en el capital social venezolano.
fuera de límites
Reconstruir el país es tarea de la patria global. La principal diferencia entre la Venezuela de 1967 y la de 2026 es que entonces su sociedad coincidía con su territorio. No en 2026.
La enorme diáspora venezolana en la última década, cerca de 8 millones de personas en todo el mundo, no refleja una nación dividida, sino una expansión de su capital social. Los emigrantes venezolanos tienen un nivel de educación superior al promedio y su juventud representa una oportunidad estratégica para la sostenibilidad del país. La revolución digital ha permitido que el capital social venezolano migre sin interrupción, manteniendo activos vínculos emocionales y políticos.
El nuevo marco institucional debe integrar formalmente a estos profesionales –ingenieros en Chile, médicos en Houston, periodistas en Madrid– que ya han demostrado su capacidad para actuar como un solo cuerpo logístico a través de redes digitales y plataformas colaborativas.
Por lo tanto, la reconstrucción debe ser un proceso en el que el capital social trabaje de la mano con el sector privado y la comunidad internacional para llenar el vacío dejado por un Estado cuya credibilidad colapsó el 24 de junio de 2026.
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