Los idiomas están llenos de palabras cargadas de emociones. No es de extrañar, ya que el habla y la escritura consisten en gran medida en expresar lo que pensamos y sentimos. ¿Pero nuestras palabras evocan la misma emoción en todo el mundo?
Nuestros dos estudios recientes, realizados con casi mil participantes y 7.500 palabras en español, muestran que la forma en que entendemos las palabras emocionales no depende sólo de la palabra en sí. También influyen algunas de las características de quien lo lee, como la personalidad, la edad y el género.
¿Qué está pasando en nuestra mente?
Una de las técnicas más utilizadas para estudiar cómo procesamos las palabras es la tarea de decisión léxica. En esta prueba se presentan cadenas de letras que pueden ser palabras reales o cadenas de letras sin sentido (como “juropa”), y los participantes tienen que decidir lo más rápido posible si se trata de una palabra real o una palabra inventada.
El tiempo que tardamos en reconocer cada palabra nos permite comprender cómo, a partir de un estímulo visual (una serie de letras impresas), accedemos casi instantáneamente al significado de la palabra almacenado en nuestro diccionario mental.
En estos estudios se presentaron palabras positivas, negativas y neutrales. Además, muchos de ellos estaban asociados a emociones específicas, como el miedo, la tristeza, el asco o la alegría. También se recopiló información sobre la personalidad, edad y sexo de los participantes.
Las palabras positivas se reconocen antes
Los resultados confirman algo que ya sabíamos: la emoción afecta al reconocimiento de palabras. Las palabras positivas, como “amor”, se reconocen más rápidamente que las neutrales, como “cien”. En cambio, las negativas como “tristeza” suelen tardar más en comprenderse. Aunque, por supuesto, estamos hablando de milésimas de segundo, es una diferencia estadísticamente significativa.
Una posible explicación es que las palabras negativas atraen nuestra atención de forma intensa y automática. Los interpretamos como señales de una posible amenaza, aunque aquello a lo que se refieren no esté realmente presente. Esto hace que mantengan nuestra atención por más tiempo, interrumpiendo la lectura y retrasando el reconocimiento.
Las palabras que evocan o indican emociones positivas, en cambio, pueden beneficiarse de una mayor riqueza semántica. Es decir, estarían más relacionados con otros conceptos y mejor integrados en nuestro léxico mental. Esto daría lugar a que durante su procesamiento se activara más información relacionada, lo que facilitaría su reconocimiento. Es interesante que en muchos idiomas parece prevalecer el léxico con connotaciones positivas, es decir, entre las palabras más utilizadas hay más palabras con connotaciones positivas que negativas.
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No todos procesamos igual
El hallazgo más interesante de estos estudios es que el efecto emocional no es el mismo en todo el mundo. Y no sólo depende de si la palabra es positiva o negativa, sino también de la emoción concreta a la que está asociada.
El género, por ejemplo, parece jugar un papel relevante. En las mujeres se observa un mayor efecto de la carga emocional en el procesamiento de las palabras, tanto positivas como negativas. Esto es consistente con la observación de que las mujeres califican las palabras positivas como más positivas y las palabras negativas como más negativas, así como con cierta evidencia que sugiere que las mujeres son más sensibles emocionalmente.
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Ellas, en cambio, muestran mayor velocidad en el reconocimiento de palabras asociadas al miedo, como “bomba” o “tiro”, ventaja no observada en las mujeres. Una posible explicación es que el miedo activaría respuestas de afrontamiento más rápidas en los hombres, asociadas a una mayor impulsividad o atracción por el riesgo.
Por el contrario, las palabras relacionadas con la tristeza, como “con el corazón roto” o “depresión”, se procesan más lentamente en los hombres que en las mujeres. Esto podría deberse, entre otros motivos, a una menor familiaridad con este tipo de vocabulario. De hecho, algunos estudios sugieren que los hombres utilizan, de media, menos palabras relacionadas con la tristeza que las mujeres.
El papel de la personalidad.
Los rasgos de personalidad también parecen influir en el procesamiento de palabras emocionales. Las personas más extrovertidas muestran mayor facilidad para reconocer palabras positivas. Esto puede deberse a que durante la vida acumulan experiencias más placenteras o desarrollan asociaciones más positivas, de modo que este tipo de palabras quedan más asentadas e integradas en su léxico mental.
Aquellos con puntuaciones altas de responsabilidad tardan más en reconocer las palabras negativas. Su menor conocimiento de este tipo de léxico o su mayor sensibilidad a las alteraciones emocionales podrían prolongar esta captación atencional.
Sin embargo, para las personas con una alta apertura a la experiencia, esto no sucede. Este rasgo suele asociarse a una mayor tendencia a la curiosidad y la innovación, una mejor regulación emocional y una menor tendencia a la evitación, lo que podría ayudarles a controlar mejor su atención a los estímulos emocionales.
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Por otro lado, tanto las personas muy receptivas como las que obtienen puntuaciones bajas en amabilidad son particularmente sensibles a palabras relacionadas con el disgusto, como “apesta” o “sudor”. En el caso de personas altamente responsivas, esta mayor sensibilidad al disgusto podría estar asociada a una mayor activación de mecanismos de control y precaución. Y con personas poco amables, podría actuar como un freno al acceso social en ciertos contextos.
Cómo afecta la edad
Como explicamos al principio, generalmente tendemos a procesar más rápidamente las palabras que indican emociones positivas. Sin embargo, existen matices según la edad. Mientras que la atención a las palabras positivas aumenta en los jóvenes, este efecto desaparece en las personas mayores.
Una de las posibles interpretaciones es que con el paso de los años el vocabulario de palabras positivas se vuelve tan amplio y variado que esta emoción deja de ser un rasgo característico dentro de nuestra red léxica.
Significados puros y relativos
En general, estos resultados apuntan a una idea importante: el valor emocional de una palabra no reside sólo en el término en sí, sino en la interacción entre la palabra y la persona que la procesa.
Cuando leemos o escuchamos una palabra llena de emoción, no accedemos simplemente a su significado “puro”. También entran en juego nuestra historia personal, nuestra personalidad y nuestra forma de sentir. Por tanto, la respuesta a la pregunta inicial (si conseguimos transmitir la misma emoción a todos con nuestras palabras) probablemente sea no.
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