Actualmente podemos saberlo todo (los buscadores o la inteligencia artificial nos lo dicen), aprender a hacer de todo (las plataformas de vídeos nos ofrecen tutoriales) o comprar cualquier cosa con un solo clic.
Estos cambios han cambiado nuestras vidas en todos los niveles. Nuestra forma de trabajar, nuestra forma de comunicarnos y nuestros hábitos en el tiempo libre y descanso.
Pero todo cambio tiene consecuencias y el tecnoestrés es uno de los principales en el ámbito de la salud mental, provocado por el uso (intensivo) de las tecnologías.
¿Qué es el tecnoestrés?
Primero debemos entender el estrés, que no es más que un desajuste entre las exigencias (exigencias) a las que estamos expuestos y nuestra capacidad para afrontarlas.
Aunque lo hayamos demonizado, no siempre tiene efectos negativos. De hecho, los momentos más felices de nuestra vida (boda, nacimiento, primer trabajo) son los momentos con mayor nivel de estrés, lo que nos ayuda a afrontar las exigencias de esos momentos. El problema surge cuando nos agobia y en lugar de ayudarnos a ser más eficientes, nos perjudica.
Las tecnologías han sido una ayuda tan importante que se han vuelto imprescindibles. Esto significa que no podemos separarnos de ellos, muchas veces de forma innecesaria. Y es este uso excesivo el que tiene mayor impacto en nuestra salud.
Efectos sobre la salud
El impacto del tecnoestrés no es inmediato, sino acumulativo. Se va adentrando en nuestro cuerpo poco a poco, a través de pequeñas situaciones cotidianas como consultar el correo electrónico, enviar WhatsApp o entrar en una red social. Este goteo continuo de notificaciones y necesidades digitales adquiridas provoca una gran acumulación de tiempo de conexión digital.
Entre los efectos más comunes se encuentra la saciedad mental. De la misma manera que nuestro cuerpo se agota debido al esfuerzo físico prolongado, la mente muestra síntomas de agotamiento. Nuestra atención vive bajo una demanda constante y los recursos son limitados.
Creemos que podemos gestionarlo todo, pero el cerebro humano no está diseñado para realizar múltiples tareas constantemente.
Allí, cuando traspasamos nuestros límites, se producen efectos sobre la salud. Síntomas como dificultad para conciliar el sueño, ansiedad, irritabilidad o fatiga mental pueden combinarse con manifestaciones somáticas.
Así, la tensión emocional puede provocar dolores musculares o de cabeza, además de problemas digestivos, nutricionales, de circulación, de piel, etc.
El tecnoestrés es un factor precursor de enfermedades crónicas no transmisibles, como el cáncer, la diabetes, las enfermedades respiratorias y cardiovasculares o los trastornos mentales. La Organización Mundial de la Salud ya las reconoce como pandemia, porque se han convertido en la primera causa de muerte en el mundo.
Curiosamente han tenido un aumento exponencial en los últimos años, lo que coincide con la explosión de la tecnología. El estrés crónico se considera un factor de riesgo para muchas enfermedades.
Manténgase alejado de las estrategias
En cualquier caso, el problema no es la tecnología, sino nuestra actitud hacia ella. Es un arma de doble filo, nos ayuda en todos los ámbitos de nuestra vida, pero su mal uso genera riesgos.
La primera estrategia para utilizarlo de forma adecuada es utilizarlo de forma consciente, para evitar su uso automático. Muchas veces nuestro cerebro busca esa recompensa instantánea y sin darnos cuenta, por inercia, ya estamos desplazándonos.
Aquí hay algunas preguntas que pueden ayudarnos a determinar si estamos utilizando las tecnologías de manera adecuada:
¿Recuerdas la última vez que estuviste 48 horas sin revisar tu celular?
¿Cuántas horas al día pasas mirando una pantalla (tableta, smartphone, ordenador, televisión…), incluido el tiempo libre y el trabajo? Más de 6 horas ya es síntoma de sobrecarga.
¿Lo primero que haces al despertar y lo último antes de irte a dormir es revisar tus notificaciones o correo electrónico?
Consulta en tu teléfono móvil, en la tarjeta digital de bienestar, la media de horas diarias que utilizas. ¿Es mucho más de lo que tenías en mente?
Revisiones científicas recientes sobre estrategias de desintoxicación digital muestran que las reducciones voluntarias en el uso de dispositivos digitales están asociadas con mejoras en el bienestar psicológico, el estrés y los comportamientos compulsivos de uso de pantallas.
Formas de limpieza mental.
De la misma manera que el cuerpo necesita descansar cuando realizamos una actividad física intensa, la mente necesita recargarse. El plan físico nos advierte rápidamente del cansancio, marca nuestros límites. Sin embargo, nuestra mente no es tan clara con los síntomas.
En este sentido, es muy importante identificar dos variables simples, pero que a veces pasan desapercibidas debido a las prisas del día a día. En primer lugar, los estresores: todas aquellas situaciones que nos agotan mentalmente (personas, situaciones cotidianas, exigencias de nuestro trabajo, familia, redes sociales…).
Se trata de saber qué episodios de nuestra vida aumentan nuestra ansiedad, lo cual es clave para prepararnos y anticiparnos a una sobrecarga.
En segundo lugar, es recomendable identificar e incluir en tu rutina actividades que reduzcan tu nivel de estrés. Este aspecto requiere un autoanálisis individual: ¿qué tipo de actividad logra crear descanso mental?
La clave para responder a esta pregunta es preguntarnos qué actividades promueven un desapego total de nuestros pensamientos y logran llamar la atención suficiente para olvidar lo que nos preocupa y detener el vórtice mental.
Los deportes (especialmente de equipo), la lectura, el baile, las relaciones con personas que nos tranquilizan o tocar algún instrumento son ejemplos de actividades que requieren la concentración suficiente para tomar un descanso de nosotros mismos.
Este tipo de actuaciones permiten la autorregulación digital y evitan que nos dejemos llevar por la atracción de las nuevas tecnologías. Del mismo modo, tomar descansos efectivos se asocia con una reducción del uso problemático de teléfonos inteligentes y una mejor regulación emocional.
En definitiva, la concienciación sobre nuestro uso de la tecnología es el primer paso para lograr una adecuada higiene digital. Si, además, somos capaces de prestar atención al estado de nuestra mente y ayudarla a descansar, conseguiremos mantener a raya el tecnoestrés, una de las enfermedades del presente y, sin duda, del futuro.
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