El silencio tiene mala prensa. En la vida pública, los elogios y las críticas suelen estar asociados con lo que alguien ha dicho. Cuando el silencio aparece en escena, lo hace muchas veces según las fórmulas de la derrota: “lo dejó sin palabras”, “no supo qué responder”, “se quedó sin argumentos”. Estas expresiones caracterizan momentos en los que alguien, ante la fragilidad de sus razones, es incapaz de articular una respuesta.
Sin embargo, hay ocasiones en las que el silencio tiene otros efectos. Especialmente en zonas públicas puede cumplir diferentes funciones. Nos permite romper con las expectativas de quienes nos cuestionan o se comunican de formas inesperadas para no caer en el juego de la polarización. La filosofía del lenguaje ha estudiado algunos de estos casos en los últimos años.
Trampa si o no
En un juicio por violación, la víctima fue interrogada. El abogado defensor le pedirá que responda “sí” o “no” a las preguntas que le hará. Luego reproduzca el vídeo del ataque frente al jurado. Se ve cómo la víctima empieza a resistirse ferozmente, cómo el acusado la sujeta bruscamente, la obliga, hasta que ella deja de resistirse y permanece inmóvil hasta el final.
El abogado defensor pregunta: “¿No es cierto que después de unos minutos dejó de dar señales de resistencia?”. La víctima guarda silencio. Si responde que sí, parece que está admitiendo que al final estuvo de acuerdo. Si responde que no, después de que el jurado vea el vídeo, quedará como un mentiroso. En estos casos, analizados por el filósofo Alex Davies, la víctima sólo tiene dos opciones: permanecer en silencio o hablar sabiendo que sus palabras serán utilizadas en su contra.
Silencios elocuentes y ningún diálogo.
Este es un caso de silencio. Pero hay otros silencios que no actúan como reacciones condicionadas a un intento de dominar, sino como elecciones comunicativas deliberadas. Los filósofos Alessandro Tannesini y Anna Klieber también han estudiado estos “silencios elocuentes”, que comunican rechazo, distancia o desaprobación de, por ejemplo, comentarios de mal gusto.
Ahora bien, quienes callan no siempre tienen la intención de “decir” algo. En ocasiones el silencio se utiliza estratégicamente para evitar que determinadas cuestiones ganen espacio en la esfera pública a la hora de reaccionar.
Un caso ocurrió en la Asamblea de Ceuta, cuando varios partidos políticos acordaron una política de no diálogo con un partido que a menudo hace declaraciones racistas. Otro ejemplo: la OMS refuerza su política de vacunación con campañas de formación dirigidas a los trabajadores sanitarios, en lugar de convertir a los grupos antivacunas en interlocutores.
Naturalización de la ideología y politización de la ciencia.
En la publicación Silencio estratégico y discurso politizado mostramos la efectividad del silencio estratégico en dos contextos muy específicos, que representan dos formas de propaganda: la naturalización de la ideología y la politización de la ciencia.
En casos de naturalización de la ideología, actitudes o prejuicios que antes eran considerados sesgos ideológicos comienzan a presentarse como hechos que pueden ser explicados por la ciencia. Ciertas explicaciones biológicas o evolutivas de las diferencias de género en disciplinas académicas, campos profesionales o posiciones de autoridad son ejemplos de este fenómeno. La discriminación por motivos de género adquiere así un aspecto científico.
En los casos de politización de la ciencia, ocurre lo contrario: el trabajo de quienes investigan cuestiones empíricas, sociales o naturales se presenta como una contribución a una agenda política. Las discusiones sobre el aumento de la temperatura de la Tierra debido a la actividad humana son un claro ejemplo. En lugar de debatir pruebas, modelos o medidas adecuadas, la atención se centra en supuestos intereses ideológicos.
Al defendernos de la naturalización de la ideología o de la politización de la ciencia, terminamos con “desacuerdos cruzados”: situaciones en las que las partes parecen estar discutiendo sobre la misma cosa, pero muestran signos claros de concebir la disputa en términos diferentes. Tú y yo no estamos de acuerdo en algo, pero para ti es una cuestión fáctica, que se resuelve únicamente respetando los hechos, y para mí se trata de los valores que queremos promover como sociedad.
Los desacuerdos cruzados favorecen la polarización. Cada intervención suma argumentos a favor de lo que ya defendemos. Quienes ya nos apoyan refuerzan lo que nos separa de los demás. Y, con el tiempo, los argumentos ajenos dejan de ser vistos como motivos que merecen atención: pasan a funcionar como signos de pertenencia.
Cuando el aumento de la polarización no nos favorece, quizá valga la pena guardar silencio o al menos no responder en los términos esperados. Esto no siempre significa un silencio total. A veces consiste en negarse a discutir la provocación tal como se inició.
“También trabajamos para ti”
La respuesta de la Agencia Nacional de Meteorología (AEMET) tras la corrupción de su cuenta oficial X ofrece un ejemplo ilustrativo. Cuando un usuario acusó a AEMET de no tener credibilidad y de ser un “asesino de sistemas” defendiendo el “engaño” del cambio climático antropogénico, la Agencia evitó la polémica y se limitó a responder: “Cuando veas la notificación roja de AEMET, ten cuidado. A pesar de todo, nosotros también estamos trabajando para ti”.
El silencio estratégico no reemplaza las críticas ni nos exime de responder cuando una respuesta es necesaria. Pero no estamos obligados a responder siempre. Saber cuándo callarse no significa abandonar el debate público. Esta suele ser la mejor manera de cuidarlo.
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