Recientemente hemos asistido a una auténtica revolución en psiquiatría gracias al uso terapéutico y controlado de sustancias psicodélicas. Suiza fue pionera: desde 2014 permite autorizaciones individuales para la administración de psilocibina (sustancia psicodélica extraída de las setas), MDMA (éxtasis) y LSD (sintetizada a partir del ácido lisérgico, un compuesto extraído de una seta que crece en el cornezuelo) bajo la supervisión de un psiquiatra.
Casi una década después, Australia ha dado su primer paso regulatorio formal: a partir de julio de 2023, los psiquiatras autorizados pueden recetar MDMA para el estrés postraumático y psilocibina para la depresión resistente. Y en 2025, Alemania se convirtió en el primer país de la UE en aprobar el uso compasivo de psilocibina para la depresión resistente en dos centros piloto.
Un compuesto de uso antiguo.
En el centro de la investigación terapéutica con psicodélicos se encuentra la N,N-dimetiltriptamina (o DMT), el principal compuesto psicoactivo de la ayahuasca, un té que ha sido utilizado con fines rituales y medicinales por las comunidades indígenas amazónicas durante siglos.
El DMT es conocido por las intensas visiones que produce. Pero la ciencia lleva años descubriendo que esta molécula tiene otra cara, más discreta y, quizás, más relevante desde el punto de vista terapéutico. Ensayos clínicos recientes han explorado su uso en la depresión mayor, donde actúa estimulando la neuroplasticidad: promoviendo el crecimiento de nuevas conexiones sinápticas que ayudan al cerebro a romper patrones de pensamiento depresivos. También se investiga su papel en la recuperación tras un ictus, ya que protege a las neuronas del estrés celular y favorece la reparación del tejido dañado.
Tras demostrar, en modelos experimentales, que el DMT es capaz de estimular la neurogénesis (formación de nuevas neuronas), un nuevo estudio de nuestro equipo publicado en Experimental Neurology sugiere que puede tener un papel relevante en otra enfermedad que hasta el momento no tiene cura: la enfermedad de Parkinson.
Apaga el fuego del cerebro
La enfermedad de Parkinson se caracteriza por la pérdida progresiva de neuronas dopaminérgicas en la sustancia negra, una región del cerebro implicada en el control del movimiento. Existen otros síntomas no motores, menos conocidos pero igualmente limitantes para los pacientes.
Junto a esta degeneración neuronal aparece un proceso silencioso que la acelera: la neuroinflamación crónica. La glía (un grupo de células encargadas de sostener, mantener y proteger el sistema nervioso) se vuelve hiperactiva y libera compuestos tóxicos que aumentan la muerte neuronal. Hasta la fecha, ningún fármaco puede detener este proceso; sólo se pueden aliviar los síntomas.
En nuestro estudio, cuando las neuronas fueron expuestas a toxinas que replican los mecanismos de la enfermedad, se observó una pérdida masiva de células. Sin embargo, al tratar con DMT, la toxicidad se redujo significativamente y se conservaron alrededor del 40% de las células que de otro modo morirían. El compuesto también mostró un efecto regulador sobre la hiperactividad glial, reduciendo así la producción de agentes inflamatorios.
Tecla de bloqueo: receptor sigma-1
Para activar los efectos psicodélicos en nuestro cerebro, el DMT funciona como una llave perfecta que encaja en una cerradura específica de nuestras neuronas: el receptor de serotonina 5-HT2A. Sin embargo, los investigadores sospechamos que el efecto protector podría estar mediado por su unión a un receptor diferente: sigma-1. Para comprobarlo, bloqueamos ambos receptores por separado. Cuando desactivamos el 5-HT2A –responsable de las alucinaciones– el DMT siguió protegiendo las neuronas con la misma eficacia. En cambio, cuando bloqueamos el receptor sigma-1, el efecto terapéutico desapareció por completo.
Así, demostramos que el receptor sigma-1 tiene capacidad neuroprotectora, favorece la supervivencia celular y reduce la inflamación. Este hallazgo tiene enormes implicaciones prácticas: es posible lograr los beneficios neuroprotectores del DMT independientemente de sus efectos psicodélicos.
Los resultados más alentadores se han obtenido con modelos in vivo. Después de tres semanas de tratamiento con dosis moderadas de DMT, los ratones con enfermedad de Parkinson mostraron una preservación significativa de las neuronas dopaminérgicas y una clara reducción de la inflamación cerebral. Esta protección celular condujo a mejoras visibles: mayor capacidad motora y mejor rendimiento en pruebas de memoria espacial y aprendizaje en comparación con el grupo no tratado.
¿Y las alucinaciones?
Es una pregunta inevitable. Dado que los efectos neuroprotectores del DMT son independientes del receptor alucinógeno, nuestro trabajo sugiere tres alternativas. La primera es combinar DMT con fármacos que bloquean el receptor alucinógeno 5-HT2A (uno de ellos, la pimavanserina, ya se prescribe para la psicosis en pacientes de Parkinson). Otra opción, dadas las bajas concentraciones de DMT utilizadas en el estudio, sería utilizar microdosis que activen mecanismos protectores sin alterar la percepción. El tercero, y quizás el más prometedor a largo plazo, implica diseñar moléculas similares a la DMT que encajen en el receptor sigma-1 pero ignoren por completo el 5-HT2A.
Ten cuidado con tu entusiasmo.
A pesar de las buenas noticias, conviene no correr demasiado. Estamos hablando de un estudio preclínico realizado en células y ratones. El salto para poder recibir tratamiento en una farmacia es largo, costoso y lleno de fracasos; Muchas moléculas que rozan la perfección en el laboratorio fallan cuando se prueban en humanos. Somos conscientes de que este modelo experimental representa una fase muy específica y localizada de neurodegeneración. Aunque aporta datos valiosos, la naturaleza humana de la enfermedad de Parkinson se distingue por una progresión temporal más lenta y compleja que la que lleva a cabo la investigación básica al replicar las características de la enfermedad por etapas.
Lo que está claro es que el receptor sigma-1 se está convirtiendo en una diana terapéutica prometedora y que el DMT, o las moléculas inspiradas en él, merecen más investigación.
A veces las respuestas aparecen donde menos las esperas. Que una bebida ritual amazónica contenga una molécula con potencial terapéutico para una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo es, cuanto menos, una historia que merece seguir escribiéndose.
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