Las elecciones presidenciales en Colombia la semana pasada, el 21 de junio, confirmaron algunas de las tendencias que se han estado desarrollando últimamente en América Latina. La estrecha victoria (49,6% frente a 48% 7) del candidato de extrema derecha Abelardo de la Espria (autoproclamado El tigre) frente al candidato de izquierda y continuista del gobierno de Gustavo Petr, Iván Cepeda, permite identificar algunos puntos en común en la región.
En primer lugar, la importancia de las redes sociales en las campañas electorales. La candidatura de De la Espriella se construyó sobre redes, discursos sencillos y fuerte proyección mediática, siguiendo a presidentes como Javier Millais en Argentina.
Por el contrario, el candidato Cepeda representó a la izquierda programática, con un discurso legible, preciso pero tedioso, que no conecta con el elector actual que sigue la campaña en las redes y recibe los mensajes que busca. Es interesante recordar cómo desde el referéndum sobre el Brexit de 2016, el uso de algoritmos de Cambridge Analytica para instrumentalizar la segmentación del voto ya se ha vuelto rutinario.
doble bukele
En segundo lugar, priorizar la agenda de seguridad, lo que lleva a votaciones más emocionales que racionales. Incluso más allá del desempeño económico, el aumento de las organizaciones criminales transnacionales, junto con la “securitización” de la migración, ha puesto el foco en garantizar la seguridad.
De la Espriella no sólo replicó la imagen de Najib Bukele, el presidente de El Salvador (un influencer con gorra y barba recortada), sino también su dura política contra el crimen. Esta agenda será particularmente complicada de implementar en Colombia: no se trata sólo de pandillas como en El Salvador, sino de un conflicto que ha pasado de guerrillas y formaciones paramilitares a bandas criminales y donde la capacidad del Estado para controlar su territorio y su población (lo que Max Weber entendería como un monopolio de la violencia) debe legitimarse permanentemente mediante una acción paraestatal que es cuestionada.
Este compromiso con la seguridad es lo que explica en parte por qué la candidata del otrora todopoderoso Álvaro Uribe, Paloma Valencia, cayó en las encuestas y no pasó a la segunda vuelta.
Votación de penalización
En tercer lugar, el constante descontento con el gobierno. Las expectativas frustradas, sumadas a escenarios socioeconómicos decepcionantes, siempre motivan una creciente sensación de voto castigo. En el caso colombiano, ante las promesas del gobierno de Gustavo Peter sobre paz total, redistribución de la riqueza y reformas estructurales, hay insatisfacción, lo que alienta a outsiders que se presentan como antisistema, como es el caso de De la Esprielle.
Esto también explica por qué Ivan Čepeda intentó en la segunda vuelta electoral “romperse” del gobierno de Gustav Petar y no ser candidato permanente del gobierno actual.
Cuarto, estos elementos se juntan en lo que hemos llamado polarización, que no es lo mismo que fragmentación (en el caso peruano, Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, los dos candidatos que pasaron a segunda vuelta, no contaban ni con el 20%). En el caso colombiano, Cepeda y De la Espriella sumaron el 85% de los votos en la primera vuelta electoral del 31 de mayo. Lo que falta es la centroizquierda de Sergio Fajardo y la derecha tradicional de Paloma Valencia, que sumaron apenas el 10%, demostrando que cuando se vota visceralmente, parece claro que un centro diferente ya no encaja con el primero y no le gusta el centro anterior.
¿Quién quiere ser amigo de Trump?
Y quinto, y abriendo el foco fuera de la región, el papel del presidente estadounidense, Donald Trump. Si bien parece que su apoyo en Europa podría volverse tóxico, como se vio en la Hungría de Orbán y las fricciones con el presidente italiano Meloni, su influencia en el hemisferio occidental es inequívoca.
La aplicación de la llamada “Doctrina Donro” el 3 de enero de 2026 con la detención (ilegal) de Nicolás Maduro en Venezuela sirvió para enviar una advertencia a los marineros para que “disciplinaran” la región. En el actual contexto geopolítico de tensiones entre EE.UU. y China, el mensaje de Washington es que el no alineamiento con la potencia del norte puede implicar interferencias externas de diversa intensidad: desde meros insultos en las redes sociales hasta intervenciones militares, pasando por la aplicación discrecional de aranceles como forma de diplomacia transaccional.
En definitiva, recibir apoyo del presidente Trump parece otorgar cierta inmunidad ante reacciones violentas (aunque Claudia Scheinbaum en México y Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil no sólo lograron minimizar el daño, sino incluso obtener beneficios políticos a nivel interno), e incluso “da” apoyo directo, como apoyo económico en el caso de la Argentina de Miley.
En definitiva, y aprovechando que estamos en la época del Mundial, desde hace tiempo se ve a la política con una adscripción identitaria similar a la que genera el fútbol, deseando incluso la victoria del partido por un penalti injusto en el tiempo de descuento). Esa visión estratégica y más racional del ajedrez que antes se atribuía a la geopolítica hoy queda muy lejos.
La política latinoamericana, en definitiva, son tiempos convulsos, donde los partidos a veces se juegan en canchas inclinadas hacia la portería, donde hay que vencer al oponente de todas las formas posibles, donde el público aplaude fervientemente pero no perdona los errores y, además, a veces, el hombre de negro con la piel ligeramente anaranjada del árbitro.
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