En España estamos a las puertas del verano y ya hemos vivido las primeras rachas de calor intenso. No sabemos qué nos depararán los próximos meses, pero el año pasado desde el punto de vista meteorológico hubo tres olas de calor en verano, con un total de 33 días.
Las altas temperaturas tienen un efecto negativo en nuestra salud. En general, aumentan la mortalidad al provocar la exacerbación de patologías previas: las personas con enfermedades crónicas respiratorias, cardiovasculares, renales, neurológicas y endocrinas experimentan un empeoramiento de los síntomas y esto conduce a la hospitalización o la muerte. Sin embargo, el impacto de las olas de calor en la salud no se debe únicamente a la temperatura. También tiene que ver con la contaminación.
Cómo se crean las olas de calor
Las situaciones meteorológicas que producen olas de calor en la Península Ibérica suelen ser de dos tipos:
Anticiclón situado sobre la Península que interfiere tanto con los movimientos verticales del aire (convección) como con los movimientos horizontales (advección). Esta ausencia de viento, sumada a una fuerte insolación, hace que las temperaturas vayan subiendo día a día hasta que el anticiclón se mueve o se debilita.
Otra situación meteorológica que se relaciona con la aparición de olas de calor es la existencia de patrones atmosféricos que empujan aire muy cálido y seco desde África hacia la Península.
Altas temperaturas y contaminación
Las situaciones anticiclónicas impiden la dispersión de contaminantes, lo que provoca un aumento de las concentraciones de contaminantes primarios –los emitidos directamente a la atmósfera–, como el dióxido de nitrógeno (NO₂). La existencia de dióxido de nitrógeno y condiciones atmosféricas estables, la intensa luz solar y las altas temperaturas también contribuyen a la formación de contaminantes secundarios como el ozono troposférico (O₃).
En las olas de calor por la entrada de aire sahariano se favorece un mayor transporte de partículas (PM) de origen desértico hacia la atmósfera local. Las condiciones atmosféricas en estas situaciones también provocan un aumento de la concentración de dióxido de nitrógeno y ozono en el aire.
Por otro lado, las condiciones extremadamente secas pueden provocar incendios forestales que también liberan partículas tóxicas y compuestos orgánicos volátiles que pueden producir picos de ozono troposférico.
Todo ello hace que las olas de calor en la Península también suelen ir acompañadas de altos niveles de contaminación atmosférica que afecta a la calidad del aire que respiramos.
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Efectos sobre la mortalidad diaria
Tanto la contaminación del aire como las temperaturas durante las olas de calor afectan la salud de grupos de vulnerabilidad similar, exacerbando esencialmente el mismo tipo de enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Por tanto, durante una ola de calor habrá un exceso de mortalidad que puede atribuirse a la temperatura, pero también a mayores concentraciones de contaminación atmosférica.
La Oficina Española de Cambio Climático en su evaluación de los riesgos e impactos derivados del cambio climático 2025 (ERICC-2025) menciona la necesidad de integrar el efecto de la contaminación junto con el efecto de la propia temperatura en la definición de temperatura de ola de calor.
En relación con la activación de planes de salud pública para la prevención de olas de calor en Europa, la Organización Mundial de la Salud determina que la temperatura definitoria de una ola de calor debe basarse en criterios epidemiológicos y no exclusivamente meteorológicos. Es decir, se debe determinar la temperatura a la que la mortalidad aumenta de manera estadísticamente significativa. Este nivel debería ser la temperatura umbral que defina la ola de calor que se debe utilizar para prevenir los efectos de las altas temperaturas sobre la salud.
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Actualmente, las temperaturas umbral utilizadas por el Ministerio de Sanidad en su “Plan Nacional de Medidas Preventivas del Impacto del Exceso de Temperaturas en la Salud” no tienen en cuenta el posible efecto de la contaminación, atribuyendo todo el exceso de mortalidad a la temperatura. Sin embargo, existen métodos estadísticos que nos permiten identificar por separado qué mortalidad se puede atribuir a la temperatura y cuál a la contaminación.
En un estudio que se publicará, confirmamos que cuando se aplica este enfoque a todas las provincias españolas, las temperaturas resultantes de la definición de ola de calor, cuando se tiene en cuenta el efecto de la contaminación, aumentan una media de 0,5 °C para el conjunto de España, con variaciones geográficas a nivel provincial que oscilan entre 0,1 °C y 2,9 °C.
Diferencias en ºC entre temperaturas que definen una ola de calor (OC) teniendo en cuenta el efecto de la contaminación y no teniéndolo en cuenta para las provincias españolas. Las áreas en blanco sin números indican que no se puede calcular una de las dos temperaturas que definen una ola de calor. Autores Implicaciones para la salud pública
Aunque 0,5 °C puede parecer un aumento marginal, en términos epidemiológicos puede cambiar significativamente los umbrales de riesgo para la población. Esto incluye modificar la temperatura a la que se activan las advertencias sanitarias, se movilizan recursos preventivos y se considera que la exposición al calor supone un riesgo importante para la salud. También significaría emitir menos advertencias de calor y hacerlas más precisas y efectivas.
Por otro lado, existe un exceso de mortalidad durante las olas de calor que se atribuye a la temperatura, pero que en realidad se debe a la contaminación. Según nuestras estimaciones, de media para el conjunto de España, esta tasa de mortalidad, atribuida inadecuadamente a la temperatura de la ola de calor, es del 18,7%, pero se eleva al 22,5% en los días de ola de calor provocada por la entrada de polvo del Sahara.
Pero quizás lo más relevante es que actualmente sólo se están generando medidas preventivas para evitar ese exceso de mortalidad en función del efecto de la temperatura en la salud: más hidratación, no exponerse al sol, utilizar aire acondicionado. Pero no las acciones encaminadas a proteger a los ciudadanos de la contaminación (usar mascarillas, no hacer ejercicio al aire libre) ni las medidas de la Administración para reducir esa contaminación atmosférica. Esto último implicaría, por ejemplo, la restricción del tráfico y de las actividades industriales y energéticas que conllevarían un aumento aún mayor de las concentraciones de contaminantes atmosféricos, especialmente en las zonas urbanas.
Gerardo Sánchez Martínez, experto en salud y medio ambiente de la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), contribuyó a la elaboración de este artículo.
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